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No bastaba con sobreentenderlo

by Redaccion
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@abrilpenaabreu

Luis Abinader llegó a la presidencia del PRM acompañado de una sospecha que, aunque algunos consideraran mezquina, debía despejar: ¿utilizaría el poder de la Presidencia de la República para controlar la sucesión dentro de su partido y asegurar la continuidad del oficialismo?

Su respuesta fue contundente. No impondrá un heredero, no permitirá que las posiciones públicas sean utilizadas para obtener ventajas internas y no convertirá al Estado en instrumento del PRM. El partido deberá escoger su candidatura mediante reglas democráticas y después será el pueblo dominicano quien tome la decisión definitiva.

¿Era necesario decirlo? Sí, en una democracia consolidada, la separación entre Estado, Gobierno y partido debería ser una conducta normal. Pero en la República Dominicana todavía arrastramos una cultura política en la que el presidente de turno es visto como dueño del poder, gran elector y administrador de las aspiraciones de quienes pretenden sucederlo.

A esto se suma una ciudadanía cada vez más desafecta de los políticos y más descreída de la integridad de sus dirigentes. En ese escenario, los principios deben repetirse casi como papagallos: los recursos públicos no pertenecen al partido gobernante, el poder tiene límites y ningún proyecto electoral está por encima del país.

El discurso de Abinader envió un mensaje hacia dentro del PRM, pero también hacia la oposición y la sociedad. Sin embargo, la verdadera garantía no estará en las palabras, sino en la forma en que actúe cuando la competencia interna se intensifique y comiencen las presiones propias del proceso electoral, aunque la transparencia mostrada desde el ejercicio del poder ya es una muestra. Decirlo era indispensable, cumplirlo será su verdadera prueba histórica.

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