@abrilpenaabreu
Defender la soberanía nacional no puede significar perder la humanidad. Tampoco podemos permitir que la agenda de unos cuantos vividores, que han convertido el miedo y el rechazo al haitiano en un negocio, termine nublándonos la razón.
Que Bulin 47 grabara una canción con el artista haitiano Afriken ha provocado un escándalo nacional completamente desproporcionado. Lo han tratado como si hubiese cometido un crimen, como si esa colaboración musical representara una afrenta contra nuestra bandera, nuestra identidad o nuestra soberanía.
¡Señores, fue una canción, no una traición a la patria!
El día que algunos descubran que parte de la música que han cantado y bailado durante décadas tiene influencias, adaptaciones o antecedentes haitianos, caribeños y africanos, les dará algo.
Figuras de la dimensión de Wilfrido Vargas y Johnny Ventura popularizaron adaptaciones de composiciones procedentes del vecino país y de otras islas del Caribe. Juan Luis Guerra también convirtió obras africanas en grandes éxitos en español. Nuestra música, como toda la música caribeña, es el resultado de intercambios, fusiones e influencias que traspasan las fronteras.
¿Qué harán cuando descubran que algunas de sus canciones favoritas fueron exitosas en creole o en otras lenguas antes de tener versiones dominicanas? ¿Dejarán de cantarlas? ¿Las expulsarán también de nuestra historia musical?
Defender esta colaboración artística no significa negar el problema migratorio. La República Dominicana tiene el derecho y la obligación de proteger su cultura, su identidad, su territorio y la composición demográfica de su población.
Tenemos que controlar efectivamente la frontera, detener la inmigración irregular y enfrentar la presión desproporcionada que representa para nuestros hospitales la elevada cantidad de partos de extranjeras en situación migratoria irregular.
También debemos observar seriamente las consecuencias demográficas, sociales y culturales que puede producir una inmigración masiva y sostenida, especialmente cuando la población local reduce su natalidad mientras una población extranjera mantiene tasas reproductivas más elevadas.
Negar que esa combinación puede transformar barrios, ciudades y eventualmente la composición de un país sería una irresponsabilidad. No todo cambio demográfico responde necesariamente a un plan organizado, pero tampoco debemos fingir que las diferencias de natalidad y los flujos migratorios sostenidos carecen de consecuencias.
Por eso el Estado debe actuar. Tiene que aplicar las leyes migratorias, organizar las repatriaciones dentro del debido proceso, impedir el tráfico de personas, controlar el ingreso de parturientas extranjeras y garantizar que los recursos públicos dominicanos no terminen desbordados por la incapacidad de las autoridades haitianas y la complicidad de las mafias fronterizas.
Pero una cosa es defender nuestra soberanía y otra convertir a cada haitiano en enemigo de la nación.
Haití es, además, uno de nuestros principales socios comerciales. Entre ambos países existen relaciones económicas, culturales e históricas que no desaparecerán porque un grupo fabrique indignación en las redes sociales.
Podemos proteger la frontera y permitir que dos artistas colaboren. Podemos exigir respeto a nuestras leyes sin perseguir una canción. Podemos defender la dominicanidad sin renunciar a la razón ni a la humanidad.
La soberanía se protege con instituciones fuertes, controles fronterizos eficientes, políticas migratorias claras y autoridades que hagan cumplir la ley. No se defiende atacando cantantes ni convirtiendo una colaboración artística en una amenaza nacional.
Que la pasión no nos nuble la razón. Que la legítima defensa de nuestra identidad no sea utilizada para justificar cualquier manifestación de odio. Y que la agenda de los xenófobos de cartón del patio, que viven de mantenernos enfrentados y asustados, no nos coma las neuronas ni nos haga perder la humanidad.
