@abrilpenabreu
El presidente Abinader promulgó el Decreto 601-26, que establece el Reglamento para la Supervisión del Béisbol Profesional y Recreativo, las academias, las ligas y los programas de desarrollo del país, y hay que decirlo sin mezquindad política: es una decisión correcta y necesaria, porque alrededor del sueño de las Grandes Ligas se ha desarrollado durante años una estructura enorme, lucrativa e insuficientemente vigilada que ha dejado a demasiados niños dominicanos desprotegidos precisamente cuando más lo necesitaban.
Porque antes de ser prospectos, antes de convertirse en una posible firma millonaria y antes de cargar el sueño económico de toda una familia sobre sus hombros, son niños, muchas veces de 11, 12 o 13 años, que entrenan mientras academias, entrenadores, agentes, intermediarios y buscones toman decisiones que pueden determinar su futuro, y cuyas familias, empujadas por la pobreza y deslumbradas por la posibilidad de una firma, entregan toda su confianza sin conocer las reglas del negocio ni los derechos que les asisten.
Por cada muchacho que firma un contrato hay muchos otros que se quedan en el camino habiendo abandonado la escuela, dedicado los años fundamentales de su adolescencia exclusivamente a entrenar, y descubierto cuando la firma no llegó que tampoco tenían estudios ni herramientas para comenzar otra vida.
El nuevo reglamento intenta colocar orden donde durante demasiado tiempo prevaleció la informalidad. Las academias deberán registrarse y cumplir condiciones de seguridad, higiene, alimentación, alojamiento y atención médica, garantizar que la actividad deportiva no perjudique la educación ni el desarrollo integral de los menores, y prevenir el abuso, la explotación, el acoso, el sobreentrenamiento y el abandono escolar. Se crea además un Registro Nacional del Sistema de Béisbol para dar seguimiento a academias, jugadores, agentes, entrenadores, árbitros y scouts, porque lo que no está registrado no puede vigilarse, y cuando no existe vigilancia los menores quedan expuestos a quienes manejan sus sueños y el dinero futuro de sus familias sin rendir cuentas ante nadie.
Pero no debemos celebrar un decreto como si el problema ya estuviera resuelto. El verdadero resultado dependerá de cuántas academias sean efectivamente registradas, cuántas inspecciones se realicen, qué sucederá cuando se detecte un abuso y si hay presupuesto, inspectores y voluntad sostenida para ejecutarlo, porque una regulación sin seguimiento y sin sanciones corre el riesgo de convertirse en otro documento bien escrito incapaz de transformar la realidad. También será necesario que las familias conozcan estos derechos, porque una madre que no sabe qué condiciones puede exigir difícilmente denunciará cuando una academia las incumpla.
El béisbol dominicano ha llenado de orgullo al país, ha producido estrellas y ha permitido que miles de familias salgan de la pobreza, y precisamente por su importancia no puede continuar funcionando en algunas áreas como un territorio sin suficiente control. El sueño de las Grandes Ligas debe ser protegido, pero nunca a cambio de la educación, la salud o la dignidad de un niño.
Hoy corresponde reconocer que el Gobierno dio un paso necesario. Mañana tendremos que vigilar que se cumpla.
