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Hatuey De Camps: la política como militancia, lealtad y convicción

by Redaccion
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A diez años de su fallecimiento, la vida del dirigente dominicano recuerda que los principios solo adquieren verdadero valor cuando se defienden incluso frente a los compañeros y al poder.

Por Abril Peña

Este 26 de agosto se cumplen diez años del fallecimiento de Hatuey De Camps Jiménez, una de las figuras más intensas, firmes y controvertidas de la política dominicana contemporánea.

Recordarlo no debe limitarse a enumerar los cargos que ocupó ni a repetir los episodios más conocidos de su trayectoria. Su mayor legado no está únicamente en las funciones públicas que desempeñó, sino en una forma de entender la política: como militancia permanente, compromiso ideológico, lealtad a una causa y disposición a pagar el precio de las propias convicciones.

Nacido en Cotuí el 29 de junio de 1947, Hatuey ingresó muy joven a la actividad política. Apenas tenía 14 años cuando comenzó una militancia que se extendería durante más de cinco décadas. Fue dirigente estudiantil, presidente de la Federación de Estudiantes Dominicanos y una de las voces que reclamaron mayor presupuesto para la Universidad Autónoma de Santo Domingo y la ampliación de las libertades públicas durante los años de mayor autoritarismo político.

No fue un político fabricado desde una oficina ni construido por asesores de imagen. Se formó en las calles, en las luchas estudiantiles, en los organismos partidarios y en los debates ideológicos de una época en la que militar suponía asumir riesgos reales.

Compañero de Peña Gómez

Una parte esencial de la historia de Hatuey De Camps está vinculada a José Francisco Peña Gómez.

Cuando la salida de Juan Bosch provocó la división del Partido Revolucionario Dominicano en 1973, Hatuey decidió permanecer junto a Peña Gómez. Desde entonces se convirtió en uno de sus principales colaboradores, estrategas y compañeros de lucha.

La relación entre ambos trascendió la política. Tras la muerte de Hatuey, Peggy Cabral describió el vínculo que los unió como una auténtica hermandad, construida sobre ideales compartidos, batallas comunes y una lealtad que se mantuvo incluso en los momentos más difíciles. De Camps también tuvo una participación central en la organización de las honras fúnebres de Peña Gómez en 1998, una de las mayores manifestaciones populares de duelo registradas en la República Dominicana.

Hatuey perteneció a una generación de dirigentes que entendía al partido como una comunidad política y emocional. Para ellos, las organizaciones no eran simples maquinarias electorales: representaban ideas, identidad, historia y pertenencia.

Una pieza clave en la apertura democrática

Su nombre también está ligado al triunfo electoral del PRD en 1978, cuando Antonio Guzmán Fernández puso fin a doce años consecutivos de gobiernos de Joaquín Balaguer.

Aquellas elecciones no concluyeron simplemente con el conteo de los votos. La interrupción del escrutinio y la intervención de sectores militares colocaron al país frente al peligro de desconocer la voluntad popular. Hatuey formó parte de la estructura política que defendió aquel triunfo y contribuyó a movilizar los apoyos nacionales e internacionales necesarios para preservar el resultado electoral.

Más tarde fue diputado, presidente de la Cámara de Diputados entre 1979 y 1982 y secretario de Estado de la Presidencia durante el gobierno de Salvador Jorge Blanco, de 1982 a 1986. Desde el Congreso se destacó como un dirigente con capacidad de negociación, apertura y firmeza. Su trayectoria legislativa también ha sido asociada con iniciativas como la creación del Instituto Nacional de Formación Técnico Profesional y de las provincias Monte Plata y Monseñor Nouel.

Sin embargo, Hatuey nunca fue un político fácil. Su carácter fuerte, su obstinación y su manera frontal de ejercer el liderazgo provocaron admiración, resistencias y profundos enfrentamientos. Sería un error convertirlo, a diez años de su muerte, en una figura sin contradicciones. Tuvo virtudes enormes, pero también el temperamento de quien estaba acostumbrado a librar cada discusión como una batalla decisiva.

El precio de decir no

El episodio que definió su lugar en la historia ocurrió durante el gobierno de Hipólito Mejía.

Cuando desde el poder se promovió la reforma constitucional de 2002 para restablecer la reelección presidencial consecutiva, Hatuey se opuso abiertamente. No lo hizo desde la comodidad de la oposición, sino cuando su propio partido controlaba el Gobierno y respaldaba la repostulación del presidente.

Aquella decisión terminó enfrentándolo con antiguos compañeros, debilitó su posición interna y finalmente le costó su permanencia en el PRD. Perdió el partido al que había dedicado prácticamente toda su vida, pero preservó su coherencia frente a un principio que había defendido durante décadas.

Se puede debatir la conveniencia de algunas de sus expresiones, la dureza de su enfrentamiento y las consecuencias electorales de aquella ruptura. Lo que resulta difícil negar es que asumió personalmente el costo de su postura.

Después fundó el Partido Revolucionario Social Demócrata y mantuvo una presencia activa en la vida pública. Fue candidato presidencial y participó en las elecciones de 2012 y 2016. Su nueva organización nunca alcanzó la dimensión política del antiguo PRD, pero le permitió continuar defendiendo su visión socialdemócrata y su rechazo al continuismo.

Una ausencia que interpela

Hatuey De Camps falleció el 26 de agosto de 2016, a los 69 años, después de una prolongada lucha contra el cáncer. Había dedicado alrededor de 55 años de su vida a la actividad política.

Diez años después, su legado adquiere una significación particular. Vivimos una época en la que las posiciones cambian con excesiva facilidad, las organizaciones diluyen su identidad y muchos dirigentes adaptan sus principios a las conveniencias del momento.

Hatuey también cometió errores. Su firmeza pudo convertirse en intransigencia y su liderazgo no siempre consiguió transformarse en una estructura capaz de sobrevivir con igual fuerza fuera de su figura. Pero incluso sus adversarios reconocieron en él una cualidad cada vez menos frecuente: la coherencia.

Recordarlo no significa afirmar que siempre tuvo la razón. Significa reconocer que defendió aquello en lo que creía y aceptó las consecuencias de hacerlo.

La democracia necesita acuerdos, negociación y capacidad para rectificar, pero también requiere dirigentes capaces de establecer límites. Personas que comprendan que ganar una elección no es el único propósito de la política y que conservar una posición no puede estar por encima de todas las ideas.

Hatuey De Camps fue combativo, polémico, apasionado y profundamente político. No pasó por la vida pública con indiferencia. Dejó huellas, afectos, heridas, discípulos y adversarios.

A diez años de su partida, su trayectoria continúa formulando una pregunta incómoda a la dirigencia dominicana: ¿cuántos estarían dispuestos hoy a perder poder, cargos y compañeros para no traicionar aquello que durante años afirmaron defender?

Esa pregunta, más que cualquier ceremonia, mantiene vigente la memoria de Hatuey De Camps.

 

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