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BANCAS DE APUESTAS Y PODER

by maria_lopez
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El rápido incremento de locales dedicados a apuestas, loterías y juegos de azar en la República Dominicana se ha convertido en una problemática de gran envergadura tanto en el plano socio‑económico como en la salud pública.

En todo el país, tanto en zonas urbanas como rurales, se observan cientos de puntos de venta de lotería –legales e ilegales– y miles de puestos de apuestas deportivas y rifas, superando en cantidad a escuelas, hospitales y centros recreativos.

Según estimaciones de fuentes periodísticas, esas redes de juego movilizan alrededor de 144,000 millones de pesos al año, operan las 24 horas y realizan cuatro sorteos diarios; esa suma no incluye los ingresos de los casinos y se ve incrementada por la creciente oferta de plataformas de juego en línea, accesibles mediante teléfonos inteligentes y con una notable atracción entre los jóvenes.

La facilidad de acceso, sumada a la precariedad económica de amplios sectores de la población y a una publicidad intensiva y engañosa, incita a la gente a buscar ganancias rápidas e ilusorias, lo que acelera la dependencia y atrapa a individuos y familias enteras.

Los lujosos casinos instalados en hoteles de alto nivel son frecuentados por multimillonarios y personas de ingresos elevados que buscan experiencias elitistas y beneficios inmediatos; mientras tanto, más de 200,000 dominicanos se encuentran en diferentes etapas de ludopatía, una enfermedad que afecta al cerebro de forma comparable al consumo de drogas o alcohol y deteriora gravemente las relaciones interpersonales.

Los empresarios que controlan los juegos de azar –propietarios de casinos, bancas deportivas, máquinas tragamonedas y redes de rifas– forman parte de la élite gobernante y del denominado lumpen capitalismo dominicano; poseen influencia sobre los partidos tradicionales, el Congreso, alcaldías, distritos municipales, consejos de desarrollo, las Fuerzas Armadas, la Policía, organismos de inteligencia, asociaciones empresariales, medios de comunicación y redes sociales, compartiendo una alta responsabilidad en la degradación material y mental de la sociedad, así como en el deterioro de la salud, la vida familiar y las relaciones de pareja.

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