RDalDescubierto
Según Eduardo Infante en su obra Ética en la Calle, los impulsos bajos nos empujan a resentir y envidiar a los hombres virtuosos antes que admirarlos y seguir su ejemplo. Freud ya advertía que en el ser humano yace una pulsión sucia y oscura que siente placer al destruir.
Mantenernos firmes a nuestras propias convicciones, valores y compromisos resulta la mayor fortaleza que podemos poseer.
Para la humanidad la idea de la eternidad se ha transformado en una constante fuente de sufrimiento, pues no logra aceptar su propia finitud ni la certeza de la muerte.
Esa concepción de lo eterno nos obliga a responsabilizarnos al ponderar las consecuencias de cada decisión y acción que tomamos.
Como sociedad, nos falta una disciplina genuina, es decir, la capacidad de actuar de forma ordenada y constante para perseguir el bien colectivo, lo que requiere autoexigencia y el esfuerzo extra que separa los sueños de la realidad.
Así, el triunfo se vuelve una consecuencia directa de la disciplina, la cual funciona como herramienta, puente y cimiento esencial para la vida humana.
La disciplina se materializa en el conjunto de normas, reglamentos y controles que rigen una comunidad; su aplicación moldea las relaciones e interacciones que, a su vez, constituyen la estructura social y económica que sustenta nuestras acciones.
Como señalaba el filósofo Compte‑Sponville, “Obra siempre de modo tal que la máxima de tu acción pueda ser erigida en norma universal”. No obstante, muchos equiparan la ética solo con prohibiciones superficiales como no robar o evitar la corrupción material.
Resulta vil y despreciable que se acuse a personas ajenas a un hecho con fines políticos, como ocurrió en las elecciones municipales de 2020, cuando el gobierno del PLD señaló a un técnico de Claro y a un coronel de la Policía, quien dirigía la campaña del entonces candidato Luis Abinader, empleando la fuerza policial como brazo coercitivo del proceso electoral.
Ese episodio expuso la barbarie latente en la naturaleza humana, llevando la violencia a su extremo y vulnerando la dignidad y el honor que deben resguardar a cada individuo.
El honor, sobre todo entre los jóvenes que se aproximan a la adultez, se presenta como la única salida frente a la muerte visible en todos los ámbitos; recordemos el trágico suicidio del arquitecto Figueroa en los baños de la OISOE, un hecho inadmisible que subraya la relación entre el amor a la vida y la aceptación de la muerte, como afirmó Walt Whitman: “Quien camina una milla sin amor, se dirige a su propio funeral llevando su propia mortaja”.
En síntesis, la República Dominicana sufre una organización social caótica, producto de la carencia de grupos de referencia, liderazgos políticos y empresariales incoherentes y la falta de credibilidad en la gestión del capital.

