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La basura no llegó sola al río

by Redaccion
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@abrilpenaabreu

La reciente Jornada Nacional de Limpieza dejó un dato que debería preocuparnos más de lo que podría alegrarnos: fueron retiradas 155.5 toneladas de residuos de playas, ríos y otros espacios en 110 localidades del país.

La jornada merece reconocimiento, pero el verdadero éxito no debería medirse por la cantidad de basura que logramos recoger, sino por nuestra capacidad para evitar que vuelva a acumularse. Porque esas 155 toneladas no hablan solamente de limpieza; hablan de educación, gestión municipal, fiscalización y de nuestra relación con los espacios que pertenecen a todos.

La basura que termina en una playa, una cañada o un río no aparece allí por generación espontánea. Antes de que la lluvia la arrastre o el agua la desplace, alguien tuvo que disponer incorrectamente de ella.

Y ahí tenemos una contradicción, pocas personas aceptarían que alguien entrara a su casa, terminara una botella de agua y la lanzara al piso de la sala. Sin embargo, todavía vemos personas bajar el cristal del vehículo y tirar ese mismo envase a la calle, como si después de cruzar la puerta de nuestra casa la limpieza pasara a ser responsabilidad exclusiva de otro.

Después llueve, los residuos llegan a los drenajes, las alcantarillas se obstruyen, las calles se inundan y entonces preguntamos dónde están las autoridades.

La pregunta es válida, los ayuntamientos tienen que garantizar una recogida eficiente; Medio Ambiente debe proteger nuestros recursos naturales; necesitamos suficientes lugares para depositar residuos, mejores sistemas de manejo de basura y autoridades que fiscalicen y sancionen.

Pero ningún ayuntamiento puede colocar un empleado detrás de cada ciudadano, la responsabilidad tiene que ser compartida.

También hemos confiado demasiado en campañas de concienciación sin acompañarlas de consecuencias. Tirar basura desde un vehículo, convertir una esquina en un vertedero o utilizar una cañada para deshacerse de desperdicios no puede continuar siendo una conducta tolerada. Educar es indispensable, pero hacer cumplir las normas también.

Y tenemos razones adicionales para hacerlo, República Dominicana vende al mundo precisamente aquello que estamos ensuciando: playas, naturaleza y paisajes. Hemos construido buena parte de nuestro éxito turístico alrededor de esos recursos. Protegerlos no es solamente una cuestión de civismo o medio ambiente; también significa cuidar uno de nuestros principales activos económicos.

Por eso las 155.5 toneladas no deberían convertirse únicamente en la fotografía bonita de una jornada exitosa, deberían servirnos como diagnóstico.

Si pudimos recoger semejante cantidad de residuos es porque antes permitimos que llegaran hasta allí, el verdadero éxito sería repetir esta jornada dentro de un año y encontrar mucho menos que recoger.

Para conseguirlo necesitaremos mejores servicios públicos, educación ambiental, fiscalización y sanciones. Pero necesitaremos también algo que ningún presupuesto puede comprar: sentido de pertenencia.

Podemos exigir —y debemos exigir— que las autoridades hagan su trabajo. Pero nosotros también tenemos que hacer el nuestro.

Porque la limpieza de República Dominicana no comienza cuando llega el camión recolector.

Comienza unos segundos antes, cuando tenemos un desperdicio en la mano y decidimos dónde tirarlo, la basura no llegó sola al río, alguien la puso en el camino.

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