@abrilpenaabreu
Hay algo que debe preocuparnos tanto como la violencia: nuestra capacidad de acostumbrarnos a ella.
Que asesinen a una persona y sigamos deslizando la pantalla. Que apuñalen a un joven y lo comentemos como una noticia más. Que una mujer reciba diecisiete puñaladas y el espanto nos dure apenas hasta el próximo video viral.
Porque una sociedad también pierde cuando empieza a aceptar como parte de la vida aquello que debería resultar intolerable.
La semana pasada nos dejó escenas estremecedoras. En Boca Chica, un tiroteo terminó con dos muertos y cinco heridos. En Serrallés, un joven fue atacado a puñaladas cuando se dirigía a su casa. Una mujer terminó hospitalizada después de que, según la denuncia, su excuñado la atacara cuando acompañaba a su hermana a buscar protección de las autoridades.
Son hechos distintos. No tienen necesariamente las mismas causas. Pero todos nos obligan a preguntarnos cuánto estamos dispuestos a tolerar antes de exigir que algo cambie.
En RD al Descubierto no vamos a convertir un recuento parcial de noticias en una estadística nacional. Tampoco podemos afirmar, a partir de una semana, que todos los indicadores de violencia están aumentando. Eso requiere datos completos y comparables.
Pero no necesitamos exagerar las cifras para reconocer la gravedad de lo que estamos viendo. ¿Qué significa que una mujer corra peligro precisamente cuando intenta denunciar? ¿Qué libertad tiene un ciudadano que teme que cualquier discusión termine en una agresión? ¿Qué convivencia podemos construir si empezamos a asumir que salir de casa implica aceptar la posibilidad de no regresar?
Y entonces aparecen las frases con las que vamos acomodando nuestra vida al miedo: “No le reclames”. “Déjalo pasar”. “Tú no sabes si anda armado”. “Mejor no te metas”.
La prudencia puede salvar una vida. El problema es que terminemos organizando toda nuestra convivencia alrededor de la intimidación. Que el violento decida quién habla, quién reclama y quién tiene que bajar la cabeza.
Ahí comienza una derrota que no siempre aparece en las estadísticas: la del ciudadano que renuncia a sus derechos para mantenerse a salvo.
Cuando pensamos en las realidades de violencia que han padecido comunidades de México o en el pasado de El Salvador, la comparación debe hacerse con responsabilidad. República Dominicana tiene su propia realidad. No sería serio afirmar que estamos en la misma situación ni que tenemos un destino inevitable.
La advertencia es otra: no podemos esperar a que una crisis alcance dimensiones extremas para tomarla en serio.
Ningún país debería confiarse pensando que ciertas tragedias solamente les ocurren a otros. Si seguimos adaptándonos, justificando y dejando pasar, podríamos descubrir demasiado tarde cuánto espacio le hemos entregado a la violencia.
Por eso necesitamos respuestas que vayan más allá de la indignación del momento. Que las denuncias de amenazas tengan seguimiento. Que las mujeres que buscan protección encuentren una respuesta oportuna. Que los hechos se investiguen y las responsabilidades se establezcan. Que las familias sepan qué está pasando con sus casos. Que la prevención tenga presencia en las escuelas, en los barrios y en los hogares.
También necesitamos revisar lo que celebramos. La agresividad convertida en prestigio. La humillación presentada como entretenimiento. La idea de que resolver una diferencia consiste en imponerse por la fuerza.
La responsabilidad principal de proteger a la población corresponde al Estado. A la sociedad le toca exigir resultados y dejar de aplaudir comportamientos que después lamenta cuando terminan en tragedia.
Y a los medios nos corresponde informar con rigor, dar seguimiento y recordar que detrás de cada titular hay una vida y una familia, el dolor no puede servirnos solamente mientras produce audiencia.
Desde RD al Descubierto lo decimos con claridad: queremos poder vivir, trabajar, denunciar y transitar sin que el miedo dicte nuestras decisiones.
Todavía estamos a tiempo de exigirlo con firmeza, porque el día en que una nueva muerte ya no nos duela, una amenaza nos parezca normal y una agresión se despache con un “así está la cosa”, habremos empezado a aceptar el país que hoy decimos que no queremos, que el horror no se nos vuelva costumbre.

