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El español dominicano que ya ni nosotros entendemos

Serie: Nacionalistas de hojalata

by Redaccion
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Por Abril Peña

En las redes sociales abundan los videos de extranjeros y latinoamericanos intentando “traducir” el español dominicano. Nos reímos cuando explican que “ahorita” puede significar dentro de cinco minutos, más tarde o nunca; cuando descubren que “vaina” sirve para nombrar un objeto, un problema, una situación, una emoción y casi cualquier cosa cuyo nombre no recordemos, o cuando intentan descifrar una oración pronunciada a la velocidad de un motor sin silenciador.

Lo presentamos como una gracia nacional y, en buena medida, lo es, el español dominicano tiene ritmo, creatividad, picardía, economía verbal y una extraordinaria capacidad para inventar imágenes. Nuestras palabras reflejan la historia de un pueblo formado por influencias taínas, africanas, europeas, caribeñas y estadounidenses.

Hablar como dominicano no es hablar un español inferior, detrás del meme, sin embargo, existe una realidad menos graciosa: en determinados segmentos sociales, nuestro español ha degenerado hasta convertirse en una sucesión de palabras mutiladas, códigos cerrados, sonidos, gestos y referencias que solo comprende quien pertenece al mismo círculo.

Cuando el idioma se convierte en un código cerrado

La degradación que estamos observando es mucho más profunda que el uso de dominicanismos. Palabras como “vaina”, “chin”, “concho” o “pariguayo” pertenecen a nuestro patrimonio lingüístico y, utilizadas dentro de un repertorio amplio, no empobrecen el idioma. El problema surge cuando el hablante dispone de tan pocas palabras que necesita emplear las mismas para nombrar cualquier objeto, emoción, conflicto o idea.

Tampoco estoy hablando de expresiones generacionales como FOMO, cringe, ghosting y otros términos difundidos por las redes sociales. Cada época incorpora palabras y las generaciones crean códigos para distinguirse. Lo que ocurre en ciertos sectores dominicanos no es una simple moda juvenil, sino una reducción extrema del vocabulario y de la capacidad de construir y comprender ideas.

El video viral de “Faribel, manito lindo” ofrece un ejemplo perfecto, expresiones como “to’ frío, to’ nieve, to’ bajo perfil” provocaron risas, memes, canciones y parodias. La espontaneidad del protagonista puede resultar simpática, pero el episodio también expuso una manera de hablar tan comprimida, alterada y dependiente del contexto que cualquier persona ajena a ese entorno necesita una explicación para comprenderla.

No se trata de ridiculizar al joven del video ni de utilizar un caso individual para juzgar la inteligencia de todo un grupo social. Se trata de preguntarnos por qué millones de personas reconocieron inmediatamente ese código mientras otras necesitaron que se lo tradujeran, el fenómeno no nació con él: el video solo hizo visible una realidad extendida.

En determinados entornos, el vocabulario activo parece haberse reducido a unas pocas decenas de palabras, muletillas, sonidos, gestos y referencias compartidas. No afirmo que esas personas conozcan literalmente cien palabras; la cifra describe una pobreza expresiva evidente. Pueden sostener una conversación dentro de su grupo porque todos dominan la misma clave, pero encuentran dificultades para explicar una idea completa, narrar un hecho con precisión o comprender a quien utiliza un vocabulario más extenso.

El problema funciona en ambas direcciones: limita lo que una persona puede decir y también lo que puede entender. Cuando faltan palabras, cuesta distinguir entre emociones, organizar una experiencia, seguir un razonamiento, interpretar una instrucción o participar en una discusión que exija conceptos más complejos.

Por eso no estamos ante una simple discusión sobre pronunciación. Aspirar la ese, acortar determinados sonidos o emplear expresiones locales son características del español dominicano. La precariedad aparece cuando el hablante no puede abandonar ese registro porque nunca desarrolló otro.

Una persona debería poder conversar relajadamente con sus amigos y, al mismo tiempo, explicar una situación ante un médico, comprender un contrato, redactar una solicitud, defenderse en una entrevista laboral o participar en un debate público. Dominar el idioma no significa hablar con afectación ni renunciar al acento dominicano, sino disponer de suficientes palabras y estructuras para desenvolverse en contextos distintos.

Hemos llegado a un extremo curioso: cuando un dominicano articula las palabras, construye oraciones completas y procura respetar las reglas básicas del español, algunas personas dudan de su nacionalidad. “¿Tú eres dominicana? Pero tú no hablas como de aquí”. » O tú no pareces dominicana »

Como si ser dominicano implicara comerse la mitad de las palabras, pronunciar correctamente fuese una afectación extranjera y cuidar el idioma significara renunciar a nuestra identidad, ppodemos conservar nuestro ritmo, nuestras expresiones y nuestras particularidades sin convertir la comunicación en una carrera de obstáculos. El español dominicano no necesita ser esterilizado ni sometido a una corrección permanente. La lengua vive, cambia y pertenece a sus hablantes, pero también puede empobrecerse cuando disminuye el vocabulario, desaparece la lectura y una comunidad pierde la capacidad de comunicarse fuera de círculos cada vez más pequeños.

Hablar correctamente no nos hace menos dominicanos, lo preocupante es que expresarse con claridad haya comenzado a parecernos extranjero.

A esta situación se suma el spanglish de una parte de las clases media alta y baja en algunos casos, muchos colegios alfabetizan parcialmente en inglés y forman estudiantes verdaderamente bilingües, eso no está mal, hablar más de un idioma enriquece y amplía las posibilidades académicas, laborales y culturales.

El Ministerio de Educación también ha extendido el programa English for a Better Life. Para el año escolar 2025-2026 anunció que alcanzaría 465 centros y alrededor de 200,000 estudiantes. Universalizar el aprendizaje del inglés debe continuar siendo una meta nacional.

Una cosa, no obstante, es ser bilingüe y otra no poder sostener una conversación completa en ninguno de los dos idiomas, en determinados círculos, mezclar inglés y español ya no responde únicamente a la necesidad de emplear una palabra técnica o a la costumbre de quien vivió durante años en Estados Unidos. Se ha convertido en una señal de pertenencia social.

No se dice reunión, sino meeting; no se entrega un informe, sino un report; no se establece una fecha límite, sino un deadline; no se recibe retroalimentación, sino feedback; no se va de compras, sino de shopping, y no se trabaja desde casa, sino home office. El español termina funcionando como pegamento entre palabras inglesas.

No siempre se hace por clasismo o esnobismo, muchas veces es consecuencia del entorno laboral o de la exposición constante al contenido estadounidense. El efecto puede ser el mismo: la formación de una especie de casta lingüística cuya manera de hablar pretende demostrar educación, modernidad o estatus, aunque en ocasiones solo revele un conocimiento incompleto de ambos idiomas.

Quien domina dos lenguas puede expresarse con propiedad en cada una y alternarlas cuando el contexto lo requiere. Introducir una palabra inglesa en cada oración no demuestra necesariamente mayor bilingüismo; también puede indicar que se ha perdido vocabulario en español sin adquirir suficiente profundidad en inglés.

La subordinación lingüística también se manifiesta en nuestros comercios, cada vez es más común entrar a una tienda, visitar una página dominicana o solicitar un servicio y encontrar los precios expresados en dólares. Apartamentos, vehículos, alquileres, procedimientos estéticos, equipos tecnológicos y servicios prestados dentro del país aparecen cotizados en moneda estadounidense ¿Desde cuándo el dólar es nuestra moneda nacional?

El artículo 229 de la Constitución establece que la unidad monetaria nacional es el peso dominicano, el Banco Central también explica que las monedas de circulación incorporaron la denominación “pesos dominicanos” en cumplimiento de esa disposición constitucional.

Es comprensible que algunos negocios vinculados a importaciones o mercados internacionales calculen sus costos en dólares. Convertir esa moneda en referencia cotidiana para los precios internos también transmite un mensaje cultural: lo extranjero sirve como medida de valor mientras lo nacional queda relegado. Las palabras y las monedas no son asuntos superficiales, ambas expresan poder, pertenencia y soberanía.

El problema no es que algunos niños estudien en inglés, sino que ese privilegio continúe marcando una enorme distancia entre quienes pueden pagar una educación bilingüe y quienes terminan la escuela pública sin dominar adecuadamente ni siquiera el español.

El inglés debería enseñarse como segunda lengua de manera efectiva en todo el sistema educativo, no como una asignatura decorativa en la que los estudiantes memorizan colores, números y el verbo to be durante años sin poder sostener una conversación.

Dominarlo es indispensable para una economía vinculada al turismo, las zonas francas, la tecnología, los servicios, el comercio y la diáspora. Estados Unidos continúa siendo nuestro principal socio comercial y el destino más importante de nuestras exportaciones.

Una política lingüística dominicana, sin embargo, no debería terminar ahí, también y se que esto es muuuy controversial, deberíamos aprender creole. Proponer la enseñanza del creole provoca un rechazo inmediato, para algunos, mencionarlo equivale a promover la haitianización del país, cuando podría significar justamente lo contrario.

Conocer el idioma del país con el cual compartimos una frontera de casi 400 kilómetros constituye una herramienta de soberanía, comercio, diplomacia, seguridad e inteligencia. Haití es uno de nuestros mercados más importantes. La Dirección General de Aduanas lo identificó en 2025 como el segundo destino de las exportaciones dominicanas, después de Estados Unidos. Solo en mayo de ese año, las ventas hacia el mercado haitiano alcanzaron los 93.3 millones de dólares.

¿Cómo puede un país tomarse en serio sus relaciones comerciales y su seguridad fronteriza si una parte importante de sus funcionarios, empresarios, militares, periodistas y especialistas no comprende el idioma de la nación vecina?

Si la crisis haitiana alcanzara un punto todavía más grave, conocer el creole permitiría comprender directamente discursos políticos, mensajes de organizaciones, transmisiones radiales y movimientos sociales que podrían afectar la seguridad dominicana.

No afirmo que exista un plan específico para derrocar un gobierno ni propongo alimentar conspiraciones. El planteamiento es más elemental: ningún Estado responsable debería permanecer lingüísticamente ciego ante lo que ocurre al otro lado de su frontera.

Miles de niños dominicanos hablando inglés son presentados como símbolo de progreso, pero sugerir que determinados estudiantes y profesionales aprendan creole parece, para algunos, una amenaza existencial. ¿Por qué un idioma extranjero confiere estatus y el otro produce terror?

Aprender creole no nos hace haitianos, del mismo modo que aprender inglés no nos convierte en estadounidenses, nos permite comprender, negociar y defender mejor nuestros intereses y ni hablar que nos otorga una ventaja competitiva y comercial.

No tendría que imponerse a todos los estudiantes, pero sí ofrecerse estratégicamente en las provincias fronterizas y en carreras vinculadas con comercio exterior, diplomacia, defensa, inteligencia, migración, salud, periodismo y relaciones internacionales, el conocimiento no debilita la soberanía; la ignorancia sí.

También debemos mirar hacia el mandarín, si pensamos en el futuro, el mandarín merece un espacio dentro de nuestra estrategia educativa.

China es la fábrica del mundo, una potencia tecnológica, financiera y comercial y, junto con Estados Unidos, uno de los grandes actores que disputan influencia sobre la economía, la infraestructura, la inteligencia artificial y las reglas del orden internacional.

Esto no significa que todos los niños dominicanos deban aprender simultáneamente inglés, creole y mandarín. Un sistema educativo con deficiencias básicas no puede llenarse de asignaturas sin maestros preparados, materiales adecuados ni objetivos claros.

La prioridad debe ser que todo estudiante domine el español. Sobre esa base, el inglés debería convertirse en una segunda lengua accesible para todos; el creole podría enseñarse estratégicamente según el territorio y la profesión, y el mandarín mediante programas especializados, asignaturas optativas, becas e institutos de formación.

Esa sería una política lingüística diseñada desde el interés nacional, no desde la moda.

Un país no protege su identidad encerrándose en un solo idioma, sino dominando el propio y aprendiendo aquellos que necesita para relacionarse con el mundo.

No se trata de perseguir el acento dominicano, eliminar nuestras expresiones ni convertir cada conversación en una clase de gramática. Se trata de recuperar la capacidad de comunicarnos con claridad, ampliar el vocabulario y fomentar la lectura.

Podemos conservar nuestro ritmo y decir “un chin” sin renunciar a redactar una carta, presentar un argumento o comprender un contrato. También podemos aprender inglés sin quedar atrapados en el spanglish, estudiar creole sin renunciar a la soberanía y acercarnos al mandarín sin subordinarnos a China.

La riqueza no consiste en hablar menos español, sino en dominarlo y sumar otros idiomas. Una nación que pierde las palabras con las que piensa, se narra y se comprende comienza a perder mucho más que una forma de hablar.

Si continuamos masticando el idioma hasta volverlo incomprensible, llegará el día en que no necesitaremos que un extranjero traduzca el español dominicano: tendremos que traducírnoslo entre nosotros mismos.

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