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El merengue todavía llena estadios

by Redaccion
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@abrilpenavreu

El éxito de Ramón Orlando en el Estadio Olímpico desmonta una idea repetida durante años: que el público del merengue desapareció. Tal vez lo que ha faltado no sea audiencia, sino volver a apostar en grande por nuestra música.

Durante años se ha repetido casi como una sentencia que el merengue está de capa caída. Que los jóvenes consumen música urbana, que el dembow es hoy uno de los ritmos que lleva el nombre de República Dominicana a nuevos públicos y que producir grandes espectáculos de merengue dejó de ser rentable.

La afirmación terminó aceptándose como una realidad inevitable y mientras eso ocurre, también se lamenta que buena parte de la música dominicana con mayor exposición internacional no necesariamente proyecte los valores, la riqueza cultural y la imagen de dominicanidad con los que muchos quisieran que se identificara al país.

Hay una contradicción ahí, se reclama una mayor presencia de nuestras expresiones culturales, pero al mismo tiempo cada vez se apuesta menos por colocarlas en condiciones de competir.

Lo ocurrido con Ramón Orlando obliga a revisar esa lógica. Cuando anunció la celebración de sus 50 años de trayectoria en el Estadio Olímpico Félix Sánchez, hubo dudas y hasta burlas. Llenar uno de los escenarios más grandes del país con merengue parecía una empresa quijotesca en tiempos dominados por otros sonidos.

Pero las boletas se agotaron antes del concierto y el Olímpico se llenó a reventar. Un concierto no basta para concluir que cualquier espectáculo de merengue puede llenar un estadio ni que todo proyecto alrededor del género será automáticamente rentable. Ramón Orlando celebraba medio siglo de trayectoria y reunió una propuesta excepcional.

Pero tampoco se puede ignorar lo que ocurrió. Hay público para el merengue. Y hay público suficiente para responder masivamente cuando existe una propuesta capaz de convertirlo nuevamente en acontecimiento.

EL PÚBLICO NUNCA DESAPARECIÓ En realidad, las señales siempre estuvieron ahí. Las grandes fiestas tradicionales de merengue continúan convocando público. Muchos de los artistas que dominaron las décadas de los 80 y 90 quizás ya no realicen individualmente conciertos multitudinarios con la frecuencia de aquellos años, pero siguen llenando clubes, discotecas, festivales, fiestas patronales y actividades privadas.

El merengue continúa sonando en Navidad, en las celebraciones familiares, en los hoteles, en las fiestas populares y en las comunidades dominicanas en el exterior.

El público no desapareció, lo que parece haberse reducido es la apuesta. Durante años buena parte de la inversión, promoción y patrocinio se ha desplazado hacia los géneros que generan mayor movimiento inmediato en las plataformas digitales. Es comprensible desde el punto de vista comercial, pero las reproducciones en Spotify, YouTube o TikTok no constituyen la única medida de la capacidad de convocatoria de una expresión musical.

Hay consumo digital y hay consumo presencial. Ramón Orlando acaba de demostrar la fuerza del segundo con miles de personas dispuestas a comprar una boleta para escuchar merengue.

I La responsabilidad no corresponde solamente a patrocinadores, productores o instituciones públicas, también debe mirarse hacia dentro, la nostalgia no puede convertirse en el modelo de negocios del merengue.

Hace falta producir música nueva, descubrir intérpretes, desarrollar orquestas, crear conceptos y conseguir que el género dialogue con generaciones que no vivieron su época de mayor esplendor.

Preservar una expresión cultural no significa congelarla, el merengue que conquistó América Latina y otros mercados internacionales lo hizo precisamente porque evolucionó. Produjo estrellas, incorporó sonidos, desarrolló espectáculo y tuvo detrás una industria dispuesta a invertir.

Si quiere conquistar nuevas generaciones tendrá que hacerlo otra vez. Los patrocinadores tienen razones para revisar la idea de que apostar por el merengue significa dirigirse únicamente a un público envejecido o invertir en un producto con poca capacidad comercial.

El comportamiento en las plataformas digitales ofrece información valiosa, pero no cuenta toda la historia. Un género puede no dominar TikTok y conservar una enorme capacidad de convocatoria. Puede tener menos reproducciones que otro y, sin embargo, movilizar a miles de personas hacia un espectáculo.

El lleno del Olímpico debería interesar no solamente a los músicos. También debería ser estudiado por productores, promotores, agencias y marcas. Porque donde existe público también existe mercado.

El Estado dominicano también tiene un papel. No para convertirse en empresario artístico ni para financiar indiscriminadamente carreras musicales. Mucho menos para decidir qué deben escuchar los ciudadanos.

Su función debe ser crear condiciones para que las industrias culturales dominicanas puedan desarrollarse, renovarse y proyectarse.

Festivales, circuitos nacionales, formación musical, espacios para nuevas orquestas, apoyo a la internacionalización, presencia en ferias culturales y turísticas y una mayor articulación entre cultura, turismo y promoción exterior pueden formar parte de una estrategia mucho más ambiciosa.

La cultura también produce empleos, también genera actividad económica, también atrae visitantes y también construye reputación internacional.

República Dominicana lleva años trabajando el concepto de marca país, cuando se habla de ella aparecen nuestras playas, gastronomía, ron, tabaco, béisbol, historia y hospitalidad.

Pero los países también tienen sonidos y pocos elementos han acompañado durante tantas décadas la proyección internacional de República Dominicana como el merengue.

Desde 2016, la música y el baile del merengue dominicano forman parte de la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO.

No es simplemente música para bailar, es patrimonio, es identidad y también puede ser industria.

El reconocimiento internacional ya existe. Lo que corresponde es aprovechar mejor ese activo cultural. Esta discusión tampoco necesita convertirse en una guerra generacional.

La música urbana tiene público, mercado y artistas que han conseguido abrirse espacio internacionalmente. Genera empleos, mueve dinero y forma parte de la realidad cultural contemporánea dominicana.

Otra discusión corresponde al contenido de determinadas canciones, los mensajes que transmiten y los modelos que proyectan. Pero reconocer esa preocupación no exige negar la existencia ni la importancia comercial de la música urbana. El error está en pensar que solamente puede sobrevivir una cosa.

República Dominicana puede exportar dembow mientras fortalece el merengue y la bachata. Puede permitir que aparezcan nuevos sonidos sin abandonar aquellos que durante décadas llevaron el nombre del país por el mundo.

Lo nuevo no tiene que borrar lo nuestro. Lo ocurrido con Ramón Orlando deja una señal que no debería desperdiciarse. No demuestra que cualquier merenguero pueda llenar mañana un estadio.

Demuestra algo mucho más importante: el mercado no está muerto.

Cuando apareció una propuesta grande, respaldada por una trayectoria extraordinaria y capaz de convertir nuevamente el merengue en acontecimiento, el público respondió, compró las boletas, agotó las entradas y llenó el Estadio Olímpico.

Durante demasiado tiempo se ha explicado la supuesta crisis del merengue mirando exclusivamente al consumidor.

Quizás también haya que mirar a quienes dejaron de producirlo, promocionarlo y mercadearlo con la ambición de otros tiempos.

Un patrimonio cultural no permanece vigente solamente por haber sido grande en el pasado. Necesita inversión, renovación, nuevos talentos, promoción y espacios para encontrarse con su público.

Ramón Orlando hizo la apuesta, el público dio la respuesta, el merengue todavía llena estadios ! Y de qué manera ¡

Ahora corresponde a la industria, las marcas y las instituciones entender el mensaje y volver a apostar en grande por uno de los sonidos que mejor ha contado al mundo quiénes somos.

 

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