@abrilpenaabreu
La discusión en torno al creole ha servido, al menos, para algo: poner en el centro del debate la necesidad de que en República Dominicana nos tomemos en serio la enseñanza del inglés como segunda lengua. Y, si nos apuran un poco, que comencemos a explorar el mandarín, aunque sea mediante un plan piloto.
Aprender otro idioma siempre suma. Amplía nuestras posibilidades de comunicación, nos acerca a otras culturas y nos abre puertas para estudiar, trabajar y hacer negocios. Para una nación que apuesta al crecimiento y a la competitividad, la formación en idiomas debe ser parte de su proyecto de desarrollo.
El inglés ocupa un lugar central en la comunicación internacional, la ciencia, la tecnología y el comercio. China, por su peso económico, industrial y político, también merece que pensemos estratégicamente en las oportunidades de aprender mandarín.
Ahora bien, el inglés lleva décadas en la palestra y todavía no hemos logrado que su aprendizaje efectivo esté al alcance de todos. Una cosa es incluir una asignatura en el horario escolar y otra muy distinta es que los estudiantes salgan de la escuela capaces de conversar, comprender y desenvolverse en ese idioma.
Ahí debe estar nuestra prioridad: profesores preparados, continuidad en la enseñanza, recursos y metas verificables. Que aprender inglés deje de depender de si una familia puede pagar un instituto privado.
¿Tenemos deficiencias en lectura, escritura y matemáticas? Por supuesto, y hay que enfrentarlas. Pero esas carencias no pueden convertirse en una condena a aspirar siempre a menos. Podemos fortalecer el español y las competencias básicas mientras construimos una enseñanza de idiomas que funcione.
Este es un buen momento para discutirlo con seriedad y convertir la conversación en una política educativa sostenida. Porque reconocer lo que nos falta también debe servir para decidir hasta dónde queremos llegar.

