Por Abril Peña
Este 11 de septiembre se cumplen 53 años de la muerte de Salvador Allende y del golpe de Estado que interrumpió su gobierno en 1973.
Más allá de las divisiones ideológicas que todavía provoca su figura, Allende ocupa un lugar excepcional en la historia latinoamericana: intentó construir una sociedad socialista mediante las elecciones, respetando las instituciones democráticas y sin encabezar una revolución armada.
Médico de profesión, fue diputado, senador, ministro de Salud y presidente del Senado antes de llegar a la Presidencia en 1970. No fue, por tanto, un improvisado ni un dirigente que apareció repentinamente. Dedicó varias décadas a la vida pública chilena y se presentó cuatro veces como candidato presidencial.
Su principal logro fue la nacionalización de la gran minería del cobre, aprobada por unanimidad por el Congreso en julio de 1971. Gobierno y oposición coincidieron en que la principal riqueza natural del país debía pertenecer a Chile.
Allende llamó al cobre “el sueldo de Chile”. Aquella decisión permitió que una parte fundamental de la minería quedara bajo control estatal y abrió el camino para la consolidación de Codelco. Incluso la dictadura posterior mantuvo esa propiedad en manos del Estado. Entre 1971 y 2008, Codelco aportó más de 72,000 millones de dólares al fisco chileno; para 2014, la contribución acumulada superaba los 112,000 millones.
Otro aporte importante fue la profundización de la reforma agraria. El proceso había comenzado antes de su gobierno, pero Allende lo aceleró para combatir el latifundio y ampliar el acceso de los campesinos a la tierra. Su propuesta no se limitaba a entregar terrenos: procuraba incorporar asistencia técnica, organización comunitaria y participación de los trabajadores rurales.
En materia social, una de sus políticas más emblemáticas fue el programa de medio litro de leche diario para los niños, especialmente para los sectores más vulnerables. La distribución pública de leche ya tenía antecedentes en Chile, pero el gobierno de Allende la convirtió en una política masiva y en símbolo de su lucha contra la desnutrición infantil.
También fortaleció la atención primaria, la medicina preventiva y las campañas de vacunación. No podemos olvidar que Allende había sido ministro de Salud y conocía directamente la relación entre pobreza, alimentación, vivienda y enfermedad. Para él, la salud no debía entenderse solamente como atención médica, sino como una consecuencia de las condiciones de vida.
Su gobierno amplió la matrícula educativa, promovió becas y alimentación escolar y facilitó el acceso de hijos de trabajadores y campesinos a la enseñanza. La educación debía dejar de ser un privilegio determinado por el origen social.
En el ámbito cultural sobresalió la creación de la Editorial Quimantú, que produjo libros a precios populares y grandes tiradas. Literatura, historia, ciencias sociales y obras infantiles llegaron a personas que anteriormente no podían comprarlas. Fue una forma de democratizar no solamente la economía, sino también el conocimiento y la cultura.
Allende impulsó además aumentos salariales, políticas de protección al consumo popular, participación de los trabajadores en determinadas empresas y una mayor presencia del Estado en sectores considerados estratégicos.
Pero quizás su aporte político más trascendente fue demostrar que en América Latina podía plantearse una transformación social profunda a través de las urnas. Su proyecto fue conocido internacionalmente como la vía chilena al socialismo: una propuesta con elecciones, pluralidad de partidos, Congreso y libertades públicas.
Por eso, Allende no debe recordarse únicamente por la manera trágica en que murió. Debe ser evaluado también por las preguntas que colocó en el centro de la política latinoamericana: ¿a quién pertenecen los recursos naturales?, ¿quiénes tienen acceso a la salud, la educación y la cultura?, ¿puede existir crecimiento económico sin justicia social?, ¿y puede transformarse una sociedad profundamente desigual sin abandonar la democracia?
Su gobierno duró menos de tres años, pero varias de sus decisiones dejaron una huella que sobrevivió incluso a quienes lo derrocaron. La más evidente es el cobre estatal, que continúa siendo una fuente esencial de recursos para Chile.
Esa es probablemente la gran dimensión histórica de Salvador Allende: intentó que las principales riquezas de Chile sirvieran al pueblo chileno y defendió la transformación social desde la legitimidad de las urnas.

