Por Abril Peña
Tenemos 15 días hablando de delincuentes juveniles, de poner en 29, en degradación social en todo el contenido que he visto hubo uno donde escuché a una joven explicar qué es, para ella, un “pariguayo” y su respuesta me dejó pensando: un hombre que no anda armado, que no anda haciendo lo malo, que trabaja seriamente, es decir: un hombre serio es un pariguayo.
El problema no es esa joven, después de todo la madre de uno de los fallecidos dijo que su hijo solo vendía droga pero no era respondón y era un niño bueno, seria demasiado fácil convertirlas en protagonistas de esta historia, atacarlas, burlarnos de ellas y seguir adelante.
El problema es que ella simplemente dijo en voz alta algo que demasiada gente parece haber aprendido, porque pensemos por un momento en nuestro lenguaje cotidiano: El hombre fiel a su mujer es un lento, el que pudiendo robar no roba es un pendejo, el funcionario que sale de una posición pública sin hacerse rico “no supo aprovechar” , el empresario que paga correctamente sus impuestos es un tonto, el joven que trabaja, estudia y se acuesta temprano “no está en nada” , la muchacha que pone límites es una aburrida, el que devuelve un dinero que no le corresponde es un idiota, el que hace una fila mientras otros se cuelan es un parigüayo, el que cumple la ley mientras otros buscan cómo burlarla es el único que “no sabe cómo funciona esto”.
Y ahí tenemos entonces un problema muchísimo más serio que una palabra, porque ya no se trata de una muchacha perdida en la falta de valores, se trata de toda una sociedad que ha comenzado a confundir la falta de valores con inteligencia.
Ser “vivo” se ha convertido casi en una virtud y ser correcto, para algunos, si no para la mayoría en un defecto. Ser vivo se ha convertido en una cualidad y en una descripción de lo que significa ser dominicano, de nuestro «tigueraje» el nivel de la viveza ya es otro tema y eso destruye una sociedad lentamente porque invierte completamente los incentivos.
Si al honesto lo ridiculizamos y al vivo lo admiramos, ¿qué le estamos enseñando al niño que observa? Si el muchacho que trabaja ocho horas para comprarse unos tenis ve que quien consiguió los mismos tenis robando, estafando o vendiendo drogas recibe más admiración que él, ¿qué mensaje estamos enviando?
Que no importa cómo llegues, lo importante es llegar. Y quizás esa sea una de las frases más peligrosas de nuestro tiempo? Porque hemos convertido el tener en una medida del ser. No preguntamos cómo lo consiguió, preguntamos cuánto tiene.
No importa demasiado qué clase de persona eres, siempre que puedas exhibir el vehículo correcto, la ropa correcta, el viaje correcto, el reloj correcto o la botella correcta y las redes sociales han colocado un amplificador gigantesco encima de esa distorsión.
Todos quieren parecer exitosos, pocos hablan de convertirse en personas mejores, queremos tener más, ganar más, mostrar más, consumir más.
Pero ¿ser más? Eso parece haberse quedado fuera de moda y esto no es un problema nuevo. Hace más de dos mil años, los filósofos griegos se preguntaban qué características debía cultivar una persona para vivir bien y decidieron entre otras cosas que un hombre debía vivir bajo cuatro virtudes: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Fíjense que curioso son exactamente esas características que hoy muchas veces confundimos con debilidad.
Al prudente le decimos cobarde, al templado, aburrido, al justo, ingenuo, al honesto, pendejo, al serio, pariguayo. Entonces quizá deberíamos hacernos hacernos varias preguntas y no todas son aplicables al extracto más bajo de nuestra sociedad: ¿Quién es realmente el pariguayo? ¿El hombre que trabaja para conseguir lo suyo o el que necesita una pistola para sentirse importante? ¿El que permanece fiel a sus principios o el que necesita traicionarlos para sentirse aceptado? ¿El funcionario que termina su gestión con prácticamente el mismo patrimonio con el que entró o el que necesita utilizar el Estado para convertirse en millonario? ¿El joven que estudia y trabaja durante años para construir una carrera o quien quiere obtener en seis meses, por cualquier vía, lo que normalmente requiere diez años de esfuerzo?
Porque también hemos confundido éxito con velocidad, queremos el cuerpo rápido, el dinero rápido, la fama rápida, el negocio rápido, la influencia rápida, la vida rápida y cuando una sociedad pierde la capacidad de valorar el proceso, inevitablemente empieza a tolerar los atajos y algunos atajos tienen un precio; Corrupción, delincuencia, estafa, violencia, traición, descomposición familiar.
Porque el problema de una sociedad obsesionada con tener no es solamente económico, es moral y no estoy hablando de religión, estoy hablando de carácter. De aquello que hacemos cuando nadie nos está mirando, de poder hacer algo incorrecto y decidir no hacerlo, de poder aprovecharte de alguien y no hacerlo, de poder quedarte con lo que no es tuyo y devolverlo, de poder traicionar y elegir ser leal.
Eso es carácter y quizás tengamos que volver a enseñar algo que alguna vez parecía obvio: ser bueno no significa ser estúpido, ser honesto no significa ser ingenuo, ser prudente no significa tener miedo, ser fiel no significa no tener oportunidades y trabajar honradamente no te convierte en un pariguayo. Al contrario, hay que tener muchísimo carácter para intentar hacer las cosas correctamente en una sociedad que muchas veces parece premiar exactamente lo contrario.
Y por eso no me preocupa tanto aquella joven, me preocupa que haya miles que la escucharon y entendieron perfectamente lo que quiso decir, me preocupa que para una parte de nuestra sociedad “pariguayo” ya no describa al ingenuo sino al decente.
Porque cuando una sociedad llega al punto en que hacer lo correcto produce vergüenza y hacer lo incorrecto produce prestigio, ya no estamos hablando simplemente de pérdida de valores, estamos hablando de una inversión de valores (parecen lo mismo pero no lo son) y ninguna sociedad puede sostenerse indefinidamente así.
Quizás la verdadera rebeldía de nuestro tiempo sea mucho menos espectacular: Trabajar, cumplir, ser leal, respetar, tener palabra, no coger lo ajeno, no vender los principios por dinero.
Poder mirarse al espejo sabiendo que lo que uno tiene no costó convertirse en alguien de quien tendría que avergonzarse. Si a eso ahora le llaman ser pariguayo… quizás lo que necesitamos es una sociedad con muchos más pariguayos.

