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Europa se seca: calor extremo, incendios y ríos en mínimos amenazan su economía

by Redaccion
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Bruselas. Europa atraviesa un verano marcado por una combinación especialmente peligrosa de sequía persistente, temperaturas extremas, incendios forestales y caudales excepcionalmente bajos en algunos de sus principales ríos, una situación que comienza a trascender la emergencia ambiental para convertirse también en un desafío económico para la Unión Europea.

El Centro Común de Investigación (JRC) de la Comisión Europea advierte que la sequía afecta amplias zonas del continente desde la primavera y que las previsiones apuntan a condiciones más cálidas y secas de lo habitual en distintas regiones hasta septiembre, manteniendo elevado el riesgo de nuevas olas de calor.

Los datos de Copernicus refuerzan la preocupación. Julio estuvo marcado por condiciones prolongadamente cálidas y secas en Europa occidental que favorecieron la expansión e intensificación de incendios forestales extremos.

El problema ya no se limita, sin embargo, a bosques quemados o temperaturas récord, la agricultura, la generación eléctrica, el transporte por los grandes ríos europeos y las propias finanzas públicas están comenzando a sentir las consecuencias.

Más de medio millón de hectáreas quemadas, la dimensión de la temporada de incendios es extraordinaria. Hasta mediados de agosto, más de 576,000 hectáreas habían ardido en Europa durante 2026, una superficie equivalente aproximadamente al doble del territorio de Luxemburgo.

Bélgica afrontó además el mayor incendio forestal registrado en su historia, con unas 3,000 hectáreas afectadas en la reserva natural de High Fens. Alrededor de 500 bomberos, militares, agricultores y medios aéreos europeos participaron en las labores para contenerlo.

La lluvia registrada esta semana ofreció cierto alivio, pero las autoridades advirtieron que el fuego había penetrado profundamente en zonas de turba, donde podría continuar ardiendo durante meses.

El escenario se repite, con diferentes niveles de gravedad, en otros países.

Grecia registró dos fallecidos durante los incendios de la isla de Salamina y más de 500 personas tuvieron que ser evacuadas.

España ha sufrido decenas de miles de hectáreas quemadas durante la actual temporada, mientras Portugal, Croacia y otros países europeos también han combatido grandes incendios.

Los ríos también están enviando una señal de alarma, la falta de precipitaciones está reduciendo los caudales de distintos sistemas fluviales europeos, esto tiene consecuencias que van mucho más allá de la disponibilidad de agua.

Los grandes ríos de Europa funcionan como auténticas autopistas comerciales. Materias primas, combustibles, productos agrícolas y mercancías industriales circulan diariamente por ellos.

Cuando disminuye excesivamente el nivel del agua, los barcos tienen que reducir su carga para poder navegar, aumentando el número de viajes necesarios y, con ello, los costos logísticos.

El Danubio constituye uno de los puntos especialmente sensibles por su importancia para Europa central y oriental. La combinación de sequía, temperaturas elevadas y bajos niveles de agua también aumenta la presión sobre ecosistemas, agricultura y producción energética.

El calor llega hasta las centrales nucleares

Francia ofrece uno de los ejemplos más claros de cómo una ola de calor puede convertirse rápidamente en un problema energético.

Las altas temperaturas obligaron a limitar temporalmente la producción de varios reactores nucleares porque las centrales utilizan agua de los ríos para refrigeración y deben respetar límites ambientales sobre la temperatura del agua que devuelven al medio.

En determinados momentos, las restricciones relacionadas con el calor amenazaron con reducir alrededor del 15 % de la capacidad nuclear francesa.

La situación tuvo consecuencias en los mercados eléctricos, los precios mayoristas franceses aumentaron mientras disminuían las exportaciones de electricidad hacia países vecinos.

La paradoja ilustra uno de los desafíos que enfrenta Europa: incluso infraestructuras diseñadas para proporcionar energía estable pueden verse afectadas por fenómenos climáticos extremos.

La agricultura empieza a pagar la factura

El impacto sobre el campo puede ser todavía más significativo, Francia, uno de los principales productores agrícolas de la Unión Europea, enfrenta fuertes pérdidas en su cosecha de maíz debido a la combinación de sequía y calor.

Estimaciones del mercado apuntan a que la producción francesa podría caer por debajo de siete millones de toneladas, frente a aproximadamente nueve millones anteriormente previstas, lo que representaría una de las peores cosechas del país en décadas.

La situación francesa se suma a reducciones previstas en Alemania, como consecuencia, la producción total de maíz de la Unión Europea podría situarse por debajo de 50 millones de toneladas, un nivel que no se observaba desde la década de 1990.

Polonia podría convertirse este año en el principal productor comunitario gracias a mejores condiciones de lluvia, mientras Rumanía podría compensar parcialmente algunas pérdidas.

Pero incluso allí existe otro problema: los niveles excepcionalmente bajos del Danubio, el resultado probablemente será una mayor necesidad europea de importaciones para cubrir parte del déficit interno.

Del campo al supermercado

Cuando una cosecha disminuye, las consecuencias no terminan en las explotaciones agrícolas, una menor producción de cereales puede elevar el costo de los alimentos para animales.

Eso puede trasladarse posteriormente al precio de carnes, huevos y productos lácteos, al mismo tiempo, las restricciones en el transporte fluvial encarecen el movimiento de mercancías y los problemas energéticos pueden aumentar los costos de producción industrial.

Es precisamente esa combinación la que preocupa a economistas, Europa no enfrenta únicamente un evento climático aislado, sino varios impactos simultáneos capaces de transmitirse de un sector económico a otro.

El crecimiento europeo también está amenazado, el banco neerlandés Triodos advirtió recientemente que las consecuencias económicas del calor extremo y la sequía podrían eliminar buena parte del crecimiento previsto para Europa durante 2026.

El impacto se produce por distintas vías: reducción de productividad laboral, daños agrícolas, interrupciones en cadenas de suministro, mayores costos energéticos y destrucción provocada por incendios y otros fenómenos extremos.

Los mercados financieros comienzan también a prestar mayor atención al problema. El calor está dejando de ser considerado únicamente una variable meteorológica para convertirse en un factor capaz de modificar expectativas sobre inflación, crecimiento y finanzas públicas: €822,000 millones en pérdidas climáticas desde 1980

La dimensión financiera de los fenómenos extremos se vuelve aún más clara al observar las últimas décadas.

Datos de la Agencia Europea de Medio Ambiente citados este martes indican que los fenómenos meteorológicos y climáticos extremos provocaron aproximadamente 822,000 millones de euros en pérdidas económicas en Europa entre 1980 y 2024.

Una cuarta parte de esas pérdidas se produjo solamente durante los últimos cuatro años del período. Existe además otro problema: gran parte del daño no está asegurado.

Aproximadamente una cuarta parte de las pérdidas climáticas cuenta con cobertura de seguros, lo que significa que una proporción considerable termina siendo asumida por ciudadanos, empresas y, en última instancia, gobiernos.

Los Estados europeos enfrentan así una presión fiscal adicional precisamente cuando deben aumentar simultáneamente el gasto en defensa, infraestructura y atención de poblaciones envejecidas.

Europa se calienta más rápido, el problema de fondo es estructural. Europa es uno de los continentes que más rápidamente se está calentando y los episodios extremos están aumentando la presión sobre infraestructuras diseñadas para condiciones climáticas diferentes.

Carreteras, ferrocarriles, viviendas, redes eléctricas, sistemas de agua y edificios públicos tendrán que adaptarse progresivamente a temperaturas más elevadas.

La cuestión ya no consiste únicamente en reducir emisiones para limitar el calentamiento futuro, Europa tiene que invertir simultáneamente en adaptarse al calentamiento que ya está experimentando.

El agua se convierte en un asunto estratégico

La Comisión Europea ha comenzado a tratar la disponibilidad de agua como una cuestión directamente relacionada con la resiliencia económica.

Investigaciones del JRC estiman que las actividades humanas utilizan entre el 10 % y el 50 % del agua dulce disponible en numerosas cuencas europeas, con niveles todavía mayores en determinadas regiones del sur.

La agricultura de regadío constituye uno de los principales consumidores, el cambio climático amenaza con ampliar las diferencias entre el norte y el sur de Europa, reduciendo todavía más la disponibilidad de agua en las regiones mediterráneas.

Esto convierte la gestión hídrica en una cuestión que afecta simultáneamente a seguridad alimentaria, industria, energía y calidad de vida.

Un verano que anticipa el futuro europeo

La sequía, los incendios y las olas de calor de 2026 muestran por qué el cambio climático está dejando de ser tratado exclusivamente como una cuestión ambiental.

Un río demasiado bajo puede detener mercancías, una  temperatura demasiado elevada puede reducir la producción de una central nuclear.

Una sequía prolongada puede destruir una cosecha, un incendio puede obligar al Estado a movilizar cientos de millones para reconstrucción.

Y cuando esos acontecimientos ocurren simultáneamente, sus consecuencias comienzan a multiplicarse, Europa enfrenta por tanto una decisión que será cada vez más difícil posponer: cuánto invertir hoy para adaptar su economía e infraestructura a un clima más extremo y cuánto terminar pagando mañana por no haberlo hecho.

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