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«Solo vendía drogas»: el derrumbe de los valores

by Redaccion
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@abrilpenaabreu

Hay expresiones que revelan una crisis de valores con más claridad que cualquier discurso: admitir que un familiar robaba o vendía drogas y presentar esas conductas como un detalle menor, compatible con describirlo como un muchacho bueno y tranquilo.

Lo inquietante de algunas de estas declaraciones no es solamente lo que reconocen, sino la naturalidad con que lo hacen. La actividad delictiva parece no provocar sorpresa ni una condena clara. Se admite y enseguida se minimiza: robaba, pero no era contestón; vendía drogas, pero era buen hijo.

¿En qué momento respetar a la madre se convirtió en suficiente credencial de buena conducta, aunque fuera de la casa se atropellara a los demás?

Nadie puede exigirle a una familia que deje de amar a uno de los suyos. Una madre tiene derecho a llorar a su hijo, a reclamar una investigación y a exigir justicia. Pero el amor familiar no convierte el delito en una conducta aceptable.

Un hombre puede ser cariñoso con su madre y causar un sufrimiento enorme a otra familia. Puede llevar dinero a su casa después de arrebatárselo a un trabajador. Puede proteger a su hermana y amenazar a una mujer durante un asalto.

Las víctimas también cuentan cuando se habla de sus valores.

Por eso resulta tan revelador el argumento de que alguien robaba, pero era tranquilo. ¿Tranquilo con quién? ¿Con sus familiares? ¿Con sus amigos? ¿También lo era para la persona que tuvo enfrente mientras le quitaba lo suyo? La tranquilidad de una casa no puede construirse a costa del miedo de otra.

Algo parecido ocurre cuando se utiliza la palabra “solo” para restar importancia a la venta de drogas. Ese “solo” reduce una actividad dañina a una manera más de ganarse la vida. El problema parece comenzar cuando llegan las consecuencias para el familiar, mientras el daño causado a otros queda fuera del relato.

Ahí está el centro de esta discusión: en algunas familias, delinquir parece haberse integrado a la normalidad. La familia es uno de los primeros lugares donde se aprende a respetar lo ajeno, a reconocer límites y a entender que nuestras necesidades no nos dan permiso para perjudicar a otros. Si dentro del hogar el delito se tolera, se justifica o incluso se aprovechan sus beneficios, el mensaje termina siendo más poderoso que cualquier consejo.

Decirle a un hijo que se cuide mientras se acepta con naturalidad que robe no equivale a enseñarle que deje de hacerlo. Puede terminar significando, sencillamente, que procure no ser atrapado.

Hay una diferencia profunda entre preocuparse porque alguien está haciendo daño y preocuparse únicamente porque pueda sufrir las consecuencias. Por supuesto, existen familias que desconocen esas actividades y otras que luchan durante años para apartar a sus hijos de ellas. Hay madres que buscan ayuda, denuncian y hasta viven amenazadas por sus propios parientes. No corresponde colocar a todas en el mismo lugar.

Pero esas realidades tampoco pueden servir para evitar la discusión sobre quienes sí saben y lo consideran normal. Cuando el origen del dinero no incomoda, cuando el robo se presenta como una falta secundaria y cuando la venta de drogas se menciona como cualquier ocupación, hay un código de valores que merece ser cuestionado. El parentesco no hace culpable a nadie de los delitos de otro; la tolerancia consciente sí merece un examen moral.

Esto tampoco autoriza a justificar una ejecución ni una actuación policial fuera de la ley. Una persona que delinque conserva sus derechos, y su familia puede exigir que se esclarezca su muerte. Reclamar legalidad y reconocer la gravedad de sus delitos son posiciones perfectamente compatibles.

Lo que no podemos hacer es convertir el dolor familiar en una absolución de toda conducta anterior, porque detrás de cada robo hubo alguien que perdió algo: dinero, tranquilidad, seguridad o incluso la posibilidad de volver a vivir sin miedo. Esas personas no pueden desaparecer de la conversación porque quien las perjudicó era querido en su casa.

Las declaraciones de algunas familias dejan una pregunta incómoda: ¿cuántos hogares más comparten ese código de valores? ¿Cuántos muchachos crecen escuchando que el verdadero problema es que los atrapen, mientras delinquir no provoca mayor reproche?

No tenemos una cifra, pero la naturalidad con que se defienden ciertas conductas obliga a plantearlo.

Esa tolerancia ayuda a entender por qué algunos continuaron por un camino que terminó en tragedia. No explica por sí sola cada caso, pero tampoco es un detalle irrelevante: donde debía existir un límite, encontraron una justificación.

Amar a un hijo también implica confrontarlo. Negarse a recibir lo que obtiene haciendo daño. Buscar ayuda. Decirle, con toda claridad, que ser bueno con los suyos no le concede permiso para atropellar a los demás.

Una sociedad tiene un problema profundo cuando necesita explicar que robar y vender drogas no son detalles menores en la vida de un muchacho bueno y ese problema comienza a agravarse cuando, dentro de la propia familia, el delito ya no levanta la menor roncha.

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