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La inquisición del teclado

by Redaccion
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@abrilpenaabreu

Hace un tiempo, dos jóvenes pagaron con un año de sus vidas una condena que ningún tribunal había dictado todavía. La Inquisición del teclado decidió que habían asesinado a una joven en una zona franca y, desde ese momento, dejaron de ser personas sometidas a una investigación para convertirse, ante buena parte de la opinión pública, en culpables.

Hoy deberíamos recordar aquella historia, no para establecer equivalencias apresuradas ni para proclamar la inocencia o culpabilidad de nadie en el caso de Julián Oro Duro. Precisamente de eso se trata: de entender que investigar corresponde a las autoridades, acusar al Ministerio Público y juzgar a los tribunales. No a TikTok. No a YouTube. No a un panel de televisión. Y mucho menos al comunicador que necesita llenar veinte minutos de contenido antes de que aparezca el próximo dato confirmado.

Estamos asistiendo nuevamente al peligroso espectáculo del juicio paralelo. Los views mandan, la incontinencia verbal se premia y una teoría suficientemente escandalosa puede recorrer el país mucho antes de que los investigadores hayan terminado de levantar las evidencias.

El problema es que las teorías no desaparecen cuando son desmontadas. Se quedan, se  convierten en “verdades” del imaginario popular. Alguien dijo que ocurrió de determinada manera; otro lo repitió; un tercero agregó un supuesto detalle; después apareció un video con un título contundente y, cuando queremos darnos cuenta, una hipótesis sin demostrar ya tiene culpables, móviles y sentencia.

Eso no ayuda a una investigación criminal. La contamina socialmente. Pero sería demasiado cómodo colocar toda la responsabilidad sobre los comunicadores y las redes sociales. Las autoridades también tienen que mirarse al espejo.

¿Cómo llegaron fotografías del cadáver a circular públicamente? ¿Quién tenía acceso a ellas? ¿Quién las filtró? ¿Se abrió una investigación para determinarlo?

Porque cuando material sensible de una investigación termina convertido en contenido para redes sociales, no estamos únicamente ante un problema de morbo. Estamos hablando de la dignidad de una persona fallecida, del dolor de una familia y de información que forma parte de un proceso investigativo.

No podemos pedir responsabilidad a la prensa mientras desde alguna parte del propio sistema se alimenta el espectáculo y aquí aparece una contradicción particularmente perversa: las instituciones reclaman prudencia mientras las filtraciones proporcionan fotografías, documentos, versiones y detalles que mantienen funcionando durante días la maquinaria del escándalo.

Después llegan las interpretaciones y cada quien arma su propia película. El comunicador tiene derecho a preguntar, investigar, cuestionar contradicciones y exigir respuestas. Eso es periodismo. Incluso tiene derecho a plantear hipótesis, siempre que las presente como tales y explique qué está probado y qué no.

Lo que no debería hacer es transformar una sospecha en certeza simplemente porque produce mejores números.

Porque detrás del view existe una persona y si mañana la investigación demuestra que alguien señalado públicamente no tuvo responsabilidad, ¿quién le devuelve su nombre?

¿Quién borra miles de publicaciones? ¿Quién convence al vecino, al empleador, a los hijos o a Google de que aquello que escucharon durante meses nunca fue demostrado?

Los dos jóvenes de aquel caso deberían habernos enseñado algo. Un año de libertad no se devuelve con una aclaración de treinta segundos, una reputación destruida tampoco se reconstruye con la misma velocidad con la que fue demolida.

Por eso la presunción de inocencia no es un tecnicismo inventado para favorecer delincuentes. Es una barrera contra uno de los impulsos más antiguos de la sociedad: condenar primero y preguntar después.

La tecnología solamente hizo ese impulso más rápido, más rentable y más cruel, antes estaba la plaza pública, ahora tenemos la Inquisición del teclado.

Y quizás ha llegado el momento de preguntarnos cuántas vidas estamos dispuestos a destruir por un view antes de aprender la diferencia entre informar y sentenciar.

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