RDalDescubierto
Al ponerse el sol sobre Santo Domingo, Gabriel, de 22 años, técnico de formación con varios currículos sin respuesta, llegó al Altar de la Patria y se situó frente a los monumentos de Duarte, Sánchez y Mella, donde expresó con cierta amargura: —Ustedes soñaron una patria que todavía no existe.
Un hombre mayor que barría lentamente el lugar levantó la vista y replicó: —¿Estás seguro de que no existe?
Gabriel, señalando el entorno, enumeró: injusticias, desempleo, inseguridad, jóvenes que desean emigrar, niños abandonados, ancianos desamparados y ríos contaminados, preguntando si esa era la República que imaginó Duarte; el anciano apoyó la escoba contra la pared, se sentó a su lado y contestó.
—Tal vez la cuestión no sea si ésta es la patria que Duarte soñó, sino qué estamos haciendo nosotros para edificarla.
Del bolsillo del joven sacó una llave antigua y dijo: —Ven conmigo. Quiero mostrarte algo.
Ambos caminaron hasta una casa vieja en la Ciudad Colonial; el anciano abrió una puerta de madera y los condujo a una habitación modesta donde había una mesa rodeada por nueve sillas. Ocho de ellas llevaban grabados los nombres de los fundadores de La Trinitaria y la novena permanecía sin inscripción.
—¿De quién es esa silla? —preguntó Gabriel. —Es la silla que Duarte dejó vacía —respondió el anciano—. Para cada dominicano dispuesto a continuar su obra.
Al tocar el respaldo, Gabriel sintió que la silla había esperado mucho tiempo; el anciano prosiguió: —Pero, ¿qué puede hacer un ciudadano frente a tantos problemas?
Sobre la mesa reposaba un cuaderno cuya primera hoja llevaba la interrogante: «¿Cómo construiremos una República verdaderamente justa?». El anciano explicó que la justicia debía acercarse al pueblo mediante un sistema de jurado donde los ciudadanos decidirían culpabilidad o inocencia, mientras los jueces velarían por el debido proceso y la legalidad.
Continuó indicando que la descentralización progresiva y la creación de policías municipales profesionales, supervisados por la ciudadanía, reducirían los abusos y generarían mayor confianza.
En la página siguiente se leía: «¿Cómo crearemos empleos y oportunidades para todos?». El anciano respondió: —Produciendo. Una nación no progresa sólo repartiendo lo que posee; avanza cuando aprende a generar riqueza.
Describió una República Dominicana con una Flota Mercante Nacional, una Flota Pesquera sostenible, industrias procesadoras en cada provincia, fábricas de equipos solares, eólicos y tecnológicos, y universidades vinculadas a la producción. Subrayó la necesidad de formar a los jóvenes en robótica, microelectrónica, mecatrónica, biotecnología y nuevas tecnologías, para que cada ciudadano pueda estudiar, aprender un oficio, obtener financiamiento y montar su propio negocio.
Al leer, Gabriel dejó de ver los problemas como muros y los percibió como puertas por abrir; el anciano añadió que, si la producción aumentara, las empresas crecerían y podrían pagar salarios dignos, recordando que la verdadera riqueza de una nación reside en la prosperidad de su gente.
Una página mostraba fotos de niños, ancianos, ríos y montañas. Gabriel preguntó, y el anciano respondió que el progreso debía tener corazón: alimentar y educar a los niños, proteger a los mayores y garantizar oportunidades a las familias vulnerables; que una nación que abandona a sus niños destruye su futuro, y que olvidar a los ancianos es menospreciar la propia historia.
Señaló también imágenes de bosques y costas, añadiendo que no se puede proclamar amor a la patria mientras se contaminan ríos, se destruyen montañas y se ensucian playas, pues la bandera representa tierra, agua y cielo que deben cuidarse.
El anciano describió una movilización nacional en la que estudiantes, militares, empleados, pensionados, empresarios y organizaciones comunitarias trabajarían en la recuperación de ríos, reforestación de cuencas y protección de costas. Además, propuso un servicio militar obligatorio que brindaría a los jóvenes educación técnica, disciplina y formación ciudadana, mientras participaban en labores de protección civil, reforestación, emergencias y servicio comunitario.
—La patria no necesita jóvenes resignados —afirmó—. Necesita jóvenes preparados para servir, producir y dirigir.
Gabriel, al cerrar el cuaderno, expresó: —Todo eso parece posible, pero hace falta un líder que lo haga. El anciano negó con la cabeza y aclaró que, aunque se necesita liderazgo, ningún dirigente puede lograrlo solo; Duarte contó con Sánchez, Mella y los trinitarios, y estos, a su vez, con el pueblo. Las grandes transformaciones son fruto de una ciudadanía despierta.
Continuó diciendo que la silla simboliza al ciudadano que critica y propone, que exige derechos y cumple deberes, que rechaza la corrupción y no la practica, que demanda limpieza y no ensucia, que busca justicia sin privilegios y que desea oportunidades mientras se educa, trabaja y emprende. —La silla siempre ha sido tuya.
Se acomodó y, en la última hoja del cuaderno, escribió: «Me comprometo a no abandonar el sueño de la patria». Al día siguiente regresó al Altar acompañado de estudiantes, emprendedores, deportistas, profesionales y jóvenes que aún buscaban oportunidades; no vinieron a lamentarse, sino con propuestas de reforestación, clubes de emprendimiento, capacitación y protección de espacios públicos.
Al intentar agradecer al anciano, descubrió que nadie lo conocía. Regresó al Altar y halló la pequeña llave antigua sobre la estatua de Duarte, comprendiendo que tal vez el hombre había sido un cuidador, su propia conciencia o el espíritu de una patria que se niega a morir. Observó a los jóvenes caminando por el parque y ya no vio indiferencia, sino una fuerza contenida, paciencia reprimida y esperanza creciente.
El sueño duartiano sigue vivo en cada dominicano que anhela justicia, oportunidades y progreso; en cada joven que se rehúsa a abandonar su país y en cada ciudadano dispuesto a transformar la crítica en participación y la esperanza en acción. La República Dominicana que aspiramos no llegará como un regalo; habrá que pensarla, producirla y construirla en conjunto. La silla permanece vacía, esperando a quien la ocupe, porque la patria no ha renunciado a su sueño.
¿Y usted, está dispuesto a ocupar su lugar?

