Washington sostiene que el superávit comercial chino de US$1.2 billones es insostenible y advierte que las restricciones estadounidenses están desviando productos de China hacia Europa y América Latina. La discusión llega este lunes al encuentro de ministros de Finanzas y gobernadores de bancos centrales del G20.
Por Abril Peña
ASHEVILLE, Estados Unidos.— La disputa comercial entre Estados Unidos y China amenaza con adquirir una dimensión mucho más amplia. Washington quiere que las principales economías del mundo revisen sus relaciones comerciales con Pekín y consideren mayores barreras frente al creciente volumen de exportaciones chinas.
El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, confirmó este domingo que planteará el tema ante sus homólogos durante la reunión de ministros de Finanzas y gobernadores de bancos centrales del G20, que se celebra este lunes y martes en Asheville, Carolina del Norte.
Bessent sostiene que China está utilizando las exportaciones como una vía para compensar la debilidad de su economía interna y considera que el actual desequilibrio comercial no puede mantenerse indefinidamente.
La cifra alrededor de la cual Washington construye su argumento es contundente: China mantiene un superávit comercial cercano a US$1.2 billones.
“El mundo no puede tener una China con un superávit comercial de US$1.2 billones”, declaró Bessent a Reuters. Añadió que la economía china atraviesa un período de debilidad y necesita reequilibrarse hacia un mayor consumo doméstico.
De una guerra bilateral a una discusión global
Hasta ahora, Estados Unidos ha respondido al avance comercial chino principalmente mediante sus propias políticas arancelarias y restricciones sectoriales.
La administración del presidente Donald Trump mantiene elevados aranceles sobre numerosos productos procedentes de China y prohibiciones específicas sobre determinados bienes, incluidos los vehículos chinos.
Pero esa estrategia está generando un efecto secundario. Según Bessent, al encontrar mayores dificultades para entrar en Estados Unidos, los fabricantes chinos están colocando una proporción creciente de sus productos en otros mercados, particularmente Europa y América Latina.
Washington pretende ahora trasladar esa preocupación al G20, su posición es que otros países deberán decidir si permiten que sus mercados absorban una parte creciente del excedente productivo chino o si adoptan mecanismos para proteger sus propias industrias.
Bessent lo resumió señalando que el resto del mundo tendrá que examinar sus condiciones comerciales con China.
Las exportaciones chinas aceleran
La discusión llega además después de un fuerte incremento de las ventas chinas al exterior, las exportaciones totales de China aumentaron 23.9 % interanual en julio, de acuerdo con datos citados por Reuters.
Vehículos eléctricos, semiconductores y numerosos productos manufacturados forman parte de una expansión exportadora que comienza a preocupar no solamente a Washington.
Funcionarios europeos también llegan a la reunión del G20 interesados en discutir el aumento de las importaciones procedentes de China y su impacto sobre sectores industriales europeos, incluido el automotriz.
La preocupación occidental gira alrededor de un concepto que Washington utiliza repetidamente: exceso de capacidad industrial.
Estados Unidos sostiene que subsidios, incentivos y otras políticas estatales permiten a determinados fabricantes chinos producir cantidades superiores a las que puede absorber el mercado doméstico y posteriormente venderlas internacionalmente a precios con los que empresas de otros países tienen dificultades para competir.
Pekín rechaza habitualmente esa interpretación y defiende que la competitividad de sus industrias responde a inversiones, innovación, infraestructura y eficiencia productiva.
América Latina entra directamente en la ecuación
Para América Latina, la discusión tiene consecuencias particularmente importantes. China se ha convertido durante las últimas décadas en uno de los principales socios comerciales de la región y en un comprador fundamental de materias primas como soja, cobre, hierro y petróleo.
Al mismo tiempo, las manufacturas chinas ocupan una proporción creciente de los mercados latinoamericanos, el comercio entre China y América Latina y el Caribe alcanzó aproximadamente US$515,000 millones en 2024, según datos chinos citados por Reuters.
Precisamente por eso resulta significativa la advertencia de Bessent, si Washington consigue que otros países adopten mayores barreras comerciales contra productos chinos, la disputa entre las dos mayores economías del planeta podría trasladarse con mayor intensidad hacia terceros mercados, América Latina estaría entre ellos.
Europa también comienza a preocuparse
La presión estadounidense encuentra cierta coincidencia en Europa, funcionarios europeos han expresado preocupación por el creciente volumen de exportaciones chinas que llega al continente, especialmente después de que las barreras estadounidenses dificultaran el acceso de determinados productos al mercado norteamericano.
El sector automotor constituye uno de los principales focos de tensión, los fabricantes chinos de vehículos eléctricos han ganado competitividad internacional mediante precios bajos, fuertes cadenas de suministro domésticas y liderazgo en baterías, provocando preocupación entre fabricantes tradicionales europeos.
La discusión ya no consiste únicamente en cuánto exporta China, el problema para varias economías industrializadas es qué ocurre con sus propias fábricas cuando una parte creciente de la producción china busca mercados fuera de Estados Unidos.
China enfrenta un problema interno
La ofensiva estadounidense también apunta a una vulnerabilidad conocida de la economía china: el consumo doméstico continúa siendo relativamente débil, Washington quiere que Pekín reduzca su dependencia de las exportaciones y estimule una mayor demanda interna.
Bessent argumenta que China debe realizar precisamente ese reequilibrio, el planteamiento estadounidense es que una economía del tamaño de China no puede depender indefinidamente de vender al resto del mundo mucho más de lo que compra.
Sin embargo, modificar ese modelo implicaría transformaciones importantes dentro de la economía china, desde mayores estímulos al consumo hasta reformas capaces de reducir la elevada propensión de los hogares chinos al ahorro.
Pero Washington llega al G20 con su propio problema, Estados Unidos tampoco entra en esta discusión sin vulnerabilidades.
La deuda pública estadounidense superó recientemente los US$40 billones, mientras los elevados rendimientos de los bonos del Tesoro han aumentado la preocupación sobre el costo de financiarla.
Economistas señalan además que Washington suele enfatizar los desequilibrios generados por las políticas exportadoras de otros países mientras presta menos atención al impacto de sus propios déficits fiscales sobre la demanda estadounidense de importaciones.
Ese elemento puede dificultar que Estados Unidos consiga un consenso completo dentro del G20, porque Washington está pidiendo a China modificar parte de su modelo económico mientras enfrenta cuestionamientos sobre la sostenibilidad de sus propias cuentas públicas.
El G20 se convierte en otro escenario de la competencia entre Washington y Pekín, la reunión de Asheville comienza este lunes en un contexto especialmente complejo.
Además del comercio con China, Washington pretende discutir crecimiento económico, deuda soberana y presión económica contra Irán.
Pero el debate sobre China podría convertirse en uno de los asuntos con mayores consecuencias a largo plazo, Estados Unidos ya levantó buena parte de sus propias defensas comerciales.
Ahora está planteando al resto de las grandes economías una pregunta mucho más incómoda: ¿qué harán ellas con los productos chinos que ya no encuentran las mismas puertas abiertas en el mercado estadounidense?
La respuesta importa especialmente para Europa y América Latina, porque si más gobiernos siguen el camino estadounidense, la guerra comercial dejaría de ser principalmente un enfrentamiento entre Washington y Pekín para convertirse en una reorganización mucho más amplia de los flujos comerciales mundiales.
Y ese escenario podría obligar a numerosos países a tomar decisiones cada vez más difíciles entre proteger sus industrias, mantener precios competitivos para sus consumidores y preservar una relación comercial con China que, para muchas economías, ya resulta indispensable

