RDalDescubierto
En las horas recientes se confirmó el marcador final de 4-1 a favor de Haití, y es preciso reconocer el resultado sin buscar excusas ni lamentaciones.
Desde el arranque del encuentro hasta el pitido final, una sirena constante resonó en las tribunas, una situación tan extraña que incluso los televidentes se preguntaron si aquel sonido jamás cesaría. En un partido típico se alternan vítores, aplausos, cánticos y abucheos, pero esa noche el ruido se volvió una señal de desorden inminente.
Otro aspecto imposible de pasar por alto fue la masiva presencia de seguidores haitianos en las gradas, ondeando banderas y celebrando cada gol como si estuvieran en la capital de su país. Ese escenario recuerda que una numerosa comunidad de origen haitiano reside en territorio dominicano, muchos con cédulas o pasaportes dominicanos, pero que siguen manteniendo una identificación emocional con Haití. La integración legal no implica la desaparición automática de la identidad nacional.
Al concluir el juego, parte de esos aficionados no se retiró tranquilamente; al contrario, se desencadenó un episodio de caos que derivó en una estampida, varios heridos y daños en una instalación deportiva recién remodelada. Ante tal escenario, la pregunta inevitable es: ¿dónde estuvo la intervención del Estado?
Fuentes consultadas recordaron que la isla de La Española alberga dos Estados soberanos, con historias, instituciones, culturas y proyectos distintos. Asimismo, se señaló la provocación de equiparar a la isla completa con Haití y la crónica falta de políticas deportivas de largo plazo en la República Dominicana. De ahí se extraen cinco lecciones y, tal vez, una sexta: la necesidad de evitar que la identidad de un pueblo se diluya bajo la presión de circunstancias externas. Las partes involucradas no ofrecieron declaraciones adicionales.

