@abrilpenaabreu
Las imágenes de destrucción que llegan desde Nepal, India, Bangladés, China, Colombia, Venezuela y otros lugares deberían servirnos de advertencia. Inundaciones, deslizamientos, lluvias extremas y otros fenómenos naturales están dejando comunidades enteras devastadas. El cambio climático no es una quimera ni un cuento de camino: está aumentando los riesgos asociados a numerosos eventos extremos en distintas regiones del planeta.
Los terremotos tienen otro origen y no deben confundirse con el cambio climático. Pero unos y otros nos colocan frente a la misma pregunta: ¿qué tan preparados estamos para enfrentar un desastre de grandes proporciones?
Por eso, el susto vivido el fin de semana en República Dominicana no debería quedarse en la discusión sobre si la alerta sísmica llegó o no llegó a los teléfonos celulares.
Eso importa, pero es apenas una parte del problema. Una alerta temprana puede proporcionar segundos valiosos para reaccionar. Sin embargo, cuando se observan las imágenes de grandes desastres alrededor del mundo queda claro que ninguna alerta puede sustituir edificios seguros, infraestructura resistente, planificación territorial, rutas de evacuación y una población que sepa exactamente qué hacer.
La pregunta verdaderamente importante es: ¿estamos trabajando en eso? Cada vez que ocurre una tragedia en la región, o cuando República Dominicana recibe uno de estos sustos, hablamos durante varios días de prevención. Después pasa la emergencia mediática y el tema desaparece.
Pero ¿se está realizando un levantamiento sistemático de las edificaciones vulnerables del país? ¿Sabemos cuáles escuelas, hospitales, edificios públicos, viviendas, puentes y elevados representan mayor riesgo? ¿Qué ocurre con las construcciones levantadas durante décadas bajo normas diferentes o sin la supervisión adecuada?
Nuestra vulnerabilidad tampoco termina en el concreto. Somos una isla expuesta a terremotos, huracanes, inundaciones, deslizamientos, marejadas y tsunamis. ¿En qué condiciones están nuestras costas, manglares y arrecifes? ¿Qué ocurre con las riberas de los ríos y las comunidades asentadas en zonas inundables o vulnerables a deslizamientos?
Hay que mirar también hacia las defensas naturales que durante siglos han protegido nuestras costas y que hoy forman parte de cualquier estrategia seria de resiliencia.
Pero quizás la mayor advertencia del fin de semana no estuvo debajo de la tierra, sino encima de ella. Estuvo en nosotros, los videos mostraron miedo, carreras, personas bajando precipitadamente de edificios y ciudadanos que sencillamente no sabían qué hacer.
Es comprensible sentir miedo ante un terremoto. Lo preocupante es no saber cómo reaccionar. ¿Sabe una familia dominicana cuál es el lugar más seguro dentro de su vivienda? ¿Sabe qué hacer quien vive en un tercer, sexto o décimo piso? ¿Saben nuestros niños cómo reaccionar si ocurre mientras están en la escuela? ¿Y quienes se encuentran en un hospital, un centro comercial o un lugar de entretenimiento?
¿Conocen las comunidades costeras qué deben hacer ante una amenaza de tsunami y cuáles son sus rutas de evacuación? La prevención no puede depender de un simulacro ocasional ni de una campaña que recordemos cuando vuelve a temblar la tierra.
Tiene que convertirse en cultura. Eso requiere educación desde las escuelas, señalización, protocolos conocidos, inspecciones, simulacros frecuentes y ejercicios comunitarios hasta que la población sepa reaccionar sin necesidad de buscar instrucciones en las redes sociales mientras ocurre una emergencia.
La tecnología puede advertirnos. Pero la alerta no refuerza una columna, no corrige una construcción vulnerable, no despeja una ruta de evacuación y tampoco enseña a una población qué hacer.
El terremoto del fin de semana, afortunadamente, nos permitió sentir el peligro sin pagar el precio de una gran tragedia. Tal vez por eso deberíamos mirarlo de otra manera.
Fue el verdadero simulacro, uno que nadie anunció, nadie programó y para el cual nadie tuvo tiempo de prepararse.
Y, a juzgar por muchas de las imágenes y reacciones que quedaron registradas, como sociedad todavía tenemos mucho que aprender antes de poder decir que estamos preparados.
La discusión, entonces, no puede terminar preguntando por qué la alerta no llegó. Hay que preguntar por las edificaciones, los hospitales, las escuelas, los puentes, las costas, las comunidades vulnerables, las rutas de evacuación y la educación de la población.
Porque aquella tarde tuvimos un susto, la próxima vez podríamos no tener esa suerte.

