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El 25 de septiembre que cambió la República Dominicana

by Redaccion
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@abrilpenaabreu

Hay fechas que terminan cuando cae la noche y hay fechas cuyas consecuencias duran generaciones, el 25 de septiembre de 1963 pertenece a las segundas.

Ese día fue derrocado Juan Bosch, apenas siete meses después de asumir la Presidencia de la República, pero aquel día no salió solamente Bosch del Palacio Nacional. Se interrumpió el primer gran experimento democrático dominicano después de Trujillo y eso tuvo consecuencias.

Bosch había llegado mediante las elecciones de diciembre de 1962 y trataba de gobernar una sociedad que acababa de salir de tres décadas de dictadura.

El problema era que Trujillo había muerto, pero muchas de las estructuras de poder construidas durante aquellos años seguían vivas.

A eso se sumaba un escenario internacional explosivo. La Revolución cubana tenía apenas cuatro años. Estados Unidos veía el Caribe como una pieza fundamental de la Guerra Fría y existía una enorme sensibilidad ante cualquier movimiento que pudiera interpretarse como expansión comunista.

Bosch quedó atrapado dentro de esa tormenta. Sectores militares, empresariales, políticos y religiosos se enfrentaron a su proyecto y a la Constitución de 1963. El temor a una supuesta penetración comunista se convirtió además en uno de los argumentos utilizados contra su gobierno.

Pero sacar a Bosch no resolvió el problema, lo agravó. La ruptura de 1963 dio paso al Triunvirato; la inestabilidad continuó y, menos de dos años después, República Dominicana estaba inmersa en la Revolución de Abril de 1965 y posteriormente en la intervención militae.

 

Por eso resulta demasiado sencillo reducir aquel 25 de septiembre a la historia de un presidente derrocado. Fue una oportunidad democrática interrumpida y nunca podremos saber cómo habría sido República Dominicana si aquel gobierno hubiese terminado constitucionalmente su mandato.

Quizás Bosch habría tenido éxito, quizás habría fracasado, quizás habría tenido que modificar profundamente su proyecto, eso pertenece al terreno de la historia que no ocurrió.

Pero existe algo que sí sabemos: cuando una democracia sustituye las urnas por los cuarteles, las consecuencias rara vez terminan con la persona que ocupa el Palacio.

Sesenta y tres años después podemos discutir los aciertos y errores de Juan Bosch. Podemos preguntarnos si fue demasiado rígido, si debió negociar más o si entendió correctamente las fuerzas que tenía enfrente. Todo eso es legítimo, pero aquella discusión debía producirse dentro de la democracia.

Porque quizás esa sea la enseñanza más importante del 25 de septiembre de 1963: un presidente puede equivocarse y un proyecto político puede fracasar. Lo que una democracia no puede hacer es destruir sus propias reglas cada vez que determinados sectores consideran que el gobierno está tomando el camino equivocado.

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