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11 de septiembre: el día en que el mundo perdió la sensación de estar a salvo

11 de septiembre: el día en que el mundo perdió la sensación de estar a salvo

by Redaccion
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Por Abril Peña

Hoy se cumplen 25 años de los atentados del 11 de septiembre de 2001, una tragedia que no solo derribó las Torres Gemelas y golpeó el corazón militar de Estados Unidos. Aquel día también se desplomó una ilusión: la creencia de que existían lugares completamente seguros frente al terrorismo y la guerra.

Casi tres mil personas —2,977 víctimas— murieron en los ataques contra el World Trade Center, el Pentágono y el vuelo 93. Miles de familias quedaron marcadas para siempre y millones de personas presenciaron, en tiempo real, cómo aviones comerciales se convertían en armas y uno de los símbolos económicos más poderosos del planeta desaparecía ante sus ojos.

Hasta entonces, buena parte de Occidente observaba los conflictos armados como tragedias lejanas: imágenes procedentes de territorios cuyos nombres muchos apenas podían localizar en un mapa. La guerra parecía algo que ocurría en otros países, a otras personas y bajo otros cielos.

El 11 de septiembre rompió aquellos lentes color rosa.

El mundo comprendió que una potencia militar podía ser vulnerada, que una ciudad moderna podía convertirse en escenario de guerra en cuestión de minutos y que el miedo no necesitaba ejércitos convencionales ni fronteras compartidas para viajar.

Desde entonces cambiaron los aeropuertos, los controles migratorios, la vigilancia financiera, los servicios de inteligencia y la manera en que los Estados observan a sus propios ciudadanos. Quitarse los zapatos, limitar los líquidos y atravesar distintos filtros antes de abordar un avión se convirtieron en parte de la normalidad.

También crecieron la vigilancia digital, el intercambio internacional de información y las facultades concedidas a los organismos de seguridad. La privacidad comenzó a ceder terreno frente a una nueva promesa: sacrificar determinadas libertades para sentirnos más protegidos.

Pero junto con las medidas necesarias aparecieron los excesos: invasiones, detenciones arbitrarias, torturas, discriminación y una sospecha generalizada contra comunidades enteras. La respuesta al terror también produjo víctimas inocentes.

Estados Unidos declaró una guerra global contra el terrorismo. Afganistán fue invadido; luego vendría Irak, aunque nunca se demostró que ese país estuviera detrás de los atentados. Se derrocaron gobiernos, se gastaron cantidades extraordinarias de dinero y miles de soldados y civiles perdieron la vida.

La gran pregunta, 25 años después, es qué aprendimos realmente.

El planeta posee hoy sistemas de seguridad mucho más sofisticados. Los aeropuertos están más vigilados, las comunicaciones pueden ser rastreadas y los movimientos financieros sospechosos se detectan con mayor rapidez. Sin embargo, las guerras no han desaparecido. Solo han cambiado sus métodos, sus escenarios y sus tecnologías.

No aprendimos a evitar los conflictos. Aprendimos a librarlos con mayor precisión, a vigilarnos con más intensidad y a invertir cantidades cada vez más grandes en instrumentos de destrucción. En 2025, el gasto militar mundial alcanzó aproximadamente 2.89 billones de dólares, el nivel más alto registrado y el undécimo año consecutivo de crecimiento. Estados Unidos, China y Rusia concentraron alrededor de la mitad de esa inversión.

Es una cifra que retrata nuestras prioridades. Mientras numerosos países alegan falta de recursos para fortalecer sus sistemas educativos, combatir el hambre, construir hospitales o enfrentar la crisis climática, el dinero aparece cuando se trata de comprar aviones de combate, fabricar misiles, desarrollar drones militares o modernizar arsenales nucleares.

No se trata de ignorar que los Estados tienen la obligación de defender su territorio y proteger a sus ciudadanos. Un país sin capacidad de respuesta se encuentra expuesto. El problema comienza cuando la seguridad se convierte en una carrera interminable en la que cada nueva arma obliga al adversario a desarrollar otra más poderosa.

El resultado no es necesariamente un mundo más seguro. Es un mundo mejor armado.

El terrorismo tampoco desapareció. Mutó, se fragmentó y aprovechó nuevas tecnologías. Paralelamente, regresaron las guerras tradicionales y surgieron otras formas de confrontación: ataques cibernéticos, sabotajes contra infraestructuras, manipulación de procesos electorales, campañas de desinformación, armas hipersónicas e inteligencia artificial aplicada al campo militar.

Ahora existen drones capaces de matar a distancia y sistemas que pueden contribuir a seleccionar objetivos sin que quienes toman las decisiones tengan que observar directamente el rostro de sus víctimas.

La humanidad ha demostrado una extraordinaria capacidad para aprender técnicamente de cada tragedia. El problema es que no siempre aprende moralmente.

Aprendimos a reforzar las puertas de las cabinas de los aviones, pero no a impedir que el odio continúe reclutando personas. Aprendimos a rastrear transferencias bancarias, pero no a detener todos los negocios que se alimentan de la guerra. Aprendimos a identificar amenazas desde el espacio, pero seguimos siendo incapaces de reconocer a tiempo el sufrimiento que convierte comunidades enteras en terreno fértil para el extremismo.

Y mientras las grandes potencias miden su fuerza, son los civiles quienes pagan la factura: niños, mujeres, ancianos, desplazados y familias que una mañana descubren que su casa, su escuela o su hospital se ha convertido en objetivo militar.

Quizás esa sea la contradicción más dolorosa del 11 de septiembre: nos enseñó que ningún lugar está completamente a salvo, pero todavía no hemos entendido que la seguridad verdadera no puede construirse únicamente con armas, controles y miedo.

Recordar a las víctimas exige mucho más que colocar flores, encender luces o guardar minutos de silencio. Exige preguntarnos qué mundo hemos construido después de aquel horror. La pregunta no puede limitarse a si estamos mejor preparados para evitar otro ataque semejante. Debemos preguntarnos si somos una humanidad más consciente, más prudente y menos dispuesta a utilizar la violencia.

Al observar el crecimiento de la inversión militar, la multiplicación de los conflictos y la fabricación de armas cada vez más sofisticadas, la respuesta resulta incómoda.

Quizás el 11 de septiembre sí nos dejó una lección, pero no fue la que esperábamos. Aprendimos a controlar mejor, a vigilar mejor, a atacar desde más lejos y a destruir con mayor precisión. Aprendimos que ningún lugar está completamente seguro cuando de la guerra se trata, incluso si esa guerra no se libra dentro de nuestro propio territorio.

En otras palabras, parece que solo aprendimos a pelear mejor.

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