@abrilpenaabreu
Hay una pregunta que deberíamos hacernos con absoluta seriedad: si en este momento comenzara un terremoto de gran magnitud, ¿sabríamos realmente qué hacer?
Probablemente, la mayoría no, no sabríamos cuál es la zona más segura de la casa, por dónde evacuar el lugar de trabajo, dónde reunirnos con nuestros familiares ni cómo comunicarnos si colapsan las redes telefónicas.
Y ese desconocimiento también representa un riesgo, el Gobierno anunció para el próximo martes 8 de septiembre, a las diez de la mañana, un Simulacro Nacional de Evacuación por Terremoto.
Participarán instituciones públicas y privadas, centros educativos, organizaciones sociales y ciudadanos de todo el territorio nacional.
Durante el ejercicio se activarán sirenas, silbatos y altavoces. Además, será probado un nuevo sistema que pretende enviar alertas instantáneas a los teléfonos celulares.
La iniciativa merece respaldo porque los terremotos no anuncian el día ni la hora en que llegarán. Y cuando comienza a moverse la tierra, ya no existe tiempo para aprender qué debemos hacer.
Lo cierto es que República Dominicana está situada en una zona de alta actividad sísmica, en el límite entre las placas tectónicas del Caribe y Norteamérica. Compartimos la isla con Haití, un país que todavía carga las consecuencias humanas y materiales de los terremotos de 2010 y 2021.
En agosto de 2025, un sismo de magnitud 5.7 frente a la costa oriental dominicana se sintió en buena parte del país y en Puerto Rico. Horas antes, otro movimiento de magnitud 4.1 había sacudido los alrededores de Puerto Príncipe.
Y este año la región recibió una advertencia todavía más dramática: dos terremotos de magnitudes 7.2 y 7.5 golpearon el norte de Venezuela con apenas segundos de diferencia, causando una enorme tragedia y activando alertas de tsunami en el Caribe.
Esto no significa que un terremoto ocurrido en otro país anuncie necesariamente uno en República Dominicana. Los científicos explican que estos eventos no deben relacionarse automáticamente.
Pero sí nos recuerdan algo esencial: vivimos en una región sísmicamente activa y no podemos continuar comportándonos como si aquí nunca fuera a ocurrir un terremoto importante.
Por eso, el simulacro es necesario, ahora bien, un ejercicio de algunas horas no puede convertirse en una actividad para tomarse fotografías, cumplir un protocolo y regresar al día siguiente a la misma falta de preparación.
Debe servir para descubrir nuestras debilidades. ¿Cuántas escuelas poseen rutas de evacuación claramente identificadas? ¿Cuántos hospitales pueden continuar funcionando después de un terremoto? ¿Cuántos edificios públicos han sido evaluados para determinar si cumplen las normas sísmicas?
¿Cuántos condominios tienen un punto de encuentro y un plan para ayudar a niños, envejecientes y personas con discapacidad?
¿Y cuántas familias dominicanas cuentan con agua, alimentos, medicamentos, linternas, documentos protegidos y un plan de comunicación para las primeras horas de una emergencia?
Probablemente, muy pocas. La mayor vulnerabilidad no depende únicamente de la intensidad del terremoto. También depende de la calidad de las construcciones, del cumplimiento de las normas, del nivel de preparación ciudadana y de la capacidad de respuesta de las instituciones.
El Gobierno acierta al organizar este simulacro y al incorporar un sistema de alertas por celular. También corresponde reconocer el esfuerzo de coordinación entre el Centro de Operaciones de Emergencias, la Defensa Civil y las demás instituciones.
Pero el paso siguiente debe ser convertir la prevención sísmica en una política permanente. Los simulacros deberían repetirse en escuelas, hospitales, oficinas, centros comerciales y comunidades. Las edificaciones esenciales necesitan evaluaciones estructurales. Las rutas de evacuación deben estar visibles y cada familia debería conocer cómo actuar.
Prepararnos no atraerá un terremoto ni pretende sembrar miedo, prepararnos reduce el pánico, organiza la respuesta y puede salvar vidas.
El próximo martes no deberíamos participar en el simulacro simplemente porque una institución lo ordene. Deberíamos hacerlo porque vivimos en una isla expuesta y todavía no estamos suficientemente preparados.
Ojalá nunca tengamos que aplicar lo aprendido.
Pero si algún día la tierra vuelve a recordarnos su fuerza, será demasiado tarde para comenzar a improvisar.
El terremoto no avisa.
La prevención sí puede hacerlO.

