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Joaquín Balaguer: las luces, las sombras y el difícil juicio de la historia

by Redaccion
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Por Abril Peña

Cada 1 de septiembre, aniversario del natalicio de Joaquín Balaguer, la República Dominicana vuelve a enfrentarse a uno de sus personajes más complejos, influyentes y contradictorios.

Balaguer no admite lecturas simples. No fue únicamente el constructor que llenó el país de carreteras, presas, viviendas, escuelas y grandes avenidas. Tampoco puede ser reducido exclusivamente al gobernante autoritario bajo cuyos mandatos fueron perseguidos, encarcelados, exiliados, asesinados o desaparecidos numerosos opositores..,. Fue ambas cosas.

Nacido en Navarrete el 1 de septiembre de 1906, Joaquín Antonio Balaguer Ricardo fue abogado, escritor, intelectual y una de las figuras de mayor permanencia en el poder político dominicano. Ocupó la Presidencia durante los períodos 1960-1962, 1966-1978 y 1986-1996, acumulando más de dos décadas al frente del Estado y una influencia que se prolongó hasta su muerte en 2002.

Algunos lo describen ⁠ como una figura en la que convivieron el estadista, el caudillo paternalista, el intelectual y el gobernante autoritario en mi caso durante años vi su figura desde un lugar inevitablemente marcado por mi propia historia. Con el paso del tiempo, sin embargo, he aprendido que evaluar a quien gobierna es mucho más difícil que juzgar a quien observa desde fuera.

También he comprendido, por desgracia, que gobernar no siempre significa escoger entre lo correcto y lo incorrecto. Muchas veces significa decidir entre opciones imperfectas, enfrentar intereses poderosos, contener crisis y transitar por zonas grises —y algunas veces muy oscuras— para preservar la estabilidad de una nación.

Pero comprender la complejidad del poder no obliga a justificarlo todo.

Balaguer asumió la conducción de un país que salía de una dictadura de treinta y un años, de un golpe de Estado, de una guerra civil y de una intervención extranjera. La institucionalidad era frágil, las pasiones políticas estaban desbordadas y el temor a una nueva ruptura atravesaba a toda la sociedad.

En ese contexto consiguió imponer orden, estabilizar las finanzas públicas y desarrollar un modelo de crecimiento sustentado en la inversión estatal y la construcción de infraestructura. Carreteras, puentes, presas, sistemas de riego, hospitales, escuelas, viviendas y caminos vecinales transformaron materialmente buena parte del territorio.

Balaguer comprendió que el Estado debía hacerse visible y que una nación no podía desarrollarse sin obras públicas. También tuvo una concepción de largo plazo sobre los recursos naturales y promovió políticas de reforestación y protección ambiental que, vistas desde el presente, revelan una preocupación adelantada a su tiempo. Esas son sus luces, negarlas sería tan poco honesto como negar sus sombras.

Los doce años comprendidos entre 1966 y 1978 estuvieron marcados por la represión política, el miedo y la actuación de organismos y grupos vinculados al poder. Jóvenes opositores fueron perseguidos y asesinados, mientras numerosas familias quedaron esperando una justicia que nunca llegó.

Más adelante, las elecciones de 1994 abrieron otra herida profunda. Las graves irregularidades denunciadas durante aquel proceso desembocaron en una crisis política y en el Pacto por la Democracia, que redujo a dos años el período presidencial de Balaguer y prohibió la reelección consecutiva. La desaparición del profesor Narciso González, ocurrida el 26 de mayo de 1994, permanece como uno de los episodios más dolorosos de aquella etapa.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos ⁠ determinó que se trató de una desaparición forzada y estableció la responsabilidad internacional del Estado dominicano.

A ello se sumó una práctica política que utilizó prejuicios raciales, temores históricos y ataques contra el supuesto origen familiar de José Francisco Peña Gómez. Aquella campaña no fue solamente una confrontación electoral: dejó heridas sociales y políticas que todavía no han cerrado por completo.

Por eso, hablar de los logros económicos o de la estabilidad alcanzada nunca puede significar que las vidas sacrificadas sean consideradas un costo inevitable del progreso. Las obras públicas pueden rehabilitar territorios; no borran la sangre, el miedo ni el dolor de las familias.

La madurez política obliga a sostener dos verdades al mismo tiempo: Balaguer contribuyó decisivamente a construir parte de la República Dominicana moderna, y lo hizo desde un modelo de poder que, en distintos momentos, restringió libertades, toleró abusos y subordinó derechos fundamentales a la preservación del orden.

Hoy entiendo mejor que antes que gobernar implica negociar, ceder y tomar decisiones que rara vez satisfacen completamente a la conciencia, la estabilidad de una nación no se construye desde la pureza teórica, quien administra un Estado debe lidiar con presiones, amenazas, contradicciones y circunstancias que el ciudadano común quizás nunca llegue a conocer.

Sin embargo, también he aprendido que existe una frontera que los gobernantes no deberían cruzar: aquella donde la razón de Estado convierte la dignidad humana en una variable prescindible. Ese es quizás el principal aprendizaje que deja Balaguer.

Ni la estabilidad económica convierte automáticamente a un gobernante en demócrata, ni las sombras de un régimen eliminan las transformaciones materiales que produjo. La historia responsable no canoniza ni condena sin matices: examina, compara y coloca cada decisión frente a sus consecuencias.

A 120 años de su nacimiento, Joaquín Balaguer continúa presente en las obras que levantó, en el sistema político que ayudó a moldear y también en las heridas que su forma de ejercer el poder dejó abiertas.

Recordarlo no debe ser un acto de veneración ni de odio. Debe ser un ejercicio de honestidad histórica.

Porque los países que esconden las sombras de sus grandes hombres están condenados a repetirlas; pero aquellos que se niegan a reconocer sus luces tampoco consiguen comprender cómo llegaron hasta aquí.

Abril Peña
La verdad no es viral, pero siempre es necesaria.

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