@abrilpenaabreu
Volvemos al caso de Wander Franco por una decisión judicial que merece discutirse: según la información publicada, la Corte de Apelación de Puerto Plata lo condenó a tres años de prisión suspendida, bajo condiciones, por abuso sexual y psicológico contra una adolescente. Es decir, la condena anunciada no supone su ingreso inmediato a prisión.
Ese es el motivo de volver al tema. ¿Qué mensaje recibe la sociedad cuando una condena por abuso contra una menor permite al responsable permanecer en libertad bajo condiciones? ¿Y cómo estamos hablando de esa decisión cuando el condenado es una estrella del béisbol?
Porque aquí nos hacemos los pendejos con los agresores de menores. Miramos para otro lado, buscamos explicaciones y repartimos paños tibios, especialmente cuando tienen dinero, influencia o una carrera que muchos quieren salvar.
Con Wander Franco, demasiadas veces la conversación termina girando alrededor de su talento, su futuro y lo que pierde el béisbol. ¿Y la adolescente? ¿Cuándo vamos a dedicarle a su dignidad la misma atención que algunos dedican a las posibilidades deportivas de él?
Precisamente porque es famoso, no debería haber tantos paños tibios. Su exposición pública exige claridad: hay niños que lo admiran, jóvenes que lo toman como referente y adultos pendientes de cómo se responde ante su conducta.
No se trata de imponerle una pena mayor por su fama. Se trata de que esa fama no sirva para minimizar lo ocurrido, suavizar el reproche social o presentar al condenado como la principal víctima de su propia conducta. La proporcionalidad de una sanción puede y debe discutirse, también cuando el nombre del condenado vende camisetas y llena estadios.
Pero el problema no termina en los tribunales. Está en quienes culpan a la menor, preguntan por qué no habló antes o buscan atribuirle a una adolescente la responsabilidad que corresponde al adulto. Está en quienes se preocupan más por una carrera interrumpida que por las consecuencias del abuso.
Después nos escandalizamos cuando conocemos el embarazo de una niña de nueve años. Preguntamos quién falló, quién guardó silencio y quién pudo protegerla. Esa indignación también tiene que aparecer cuando el agresor nos cae bien, juega bien o tiene dinero.
Una sociedad que protege a su niñez debe sostener esa protección incluso cuando resulta incómodo, cuando afecta a un ídolo o cuando obliga a cuestionar una decisión judicial. La víctima no puede quedar relegada porque el adulto tenga más seguidores, mejores abogados o una trayectoria deportiva extraordinaria.
El talento no disminuye la responsabilidad. La fama tampoco borra el daño. A las niñas les debemos protección, escucha y justicia. Y a quienes las agreden, por famosos que sean, tenemos que dejar de echarles agua al vino.

