En el Santuario Nacional de la Virgen de los Treinta y Tres, ubicado en la localidad de Florida, el Pontífice expresó su gratitud a madres, abuelas y a todas las mujeres que han sido portadoras de la fe a lo largo de los años, e invitó a familias, a la Iglesia y a todo el pueblo uruguayo a emprender la misión de acercar a Cristo a quienes se han alejado de Él. En esa misma ceremonia confió a Uruguay bajo la protección de su Patrona y le entregó una Rosa de Oro como signo de veneración y cariño filial.
María Cecilia Mutual – Ciudad del Vaticano
“Vengo como peregrino para compartir la fe y el cariño con que este pueblo ha mirado durante generaciones a la Madre de Dios”.
Con esas palabras el Santo Padre León XIV dio inicio a su homilía en la Plaza Asamblea, justo frente a la Catedral Basílica de Florida, en la última parada de su visita a Uruguay. Dirigiéndose a los “hijos e hijas de esta tierra”, manifestó su entusiasmo por estar presente junto a la Patrona y a la gente del país.
Ante una multitud que alcanzó los cincuenta mil fieles, el Pontífice declaró: “A quienes han venido de distintos rincones, a los peregrinos que llevan años viajando hasta aquí y a los que hoy se acercan por primera vez, los abrazo con cariño y los encomiendo a la protección de María”.
El Papa estructuró su catequesis a partir del relato evangélico de la Visitación de María (Lc 1, 39‑47) y de la primera lectura dedicada a Judit (Jdt 15, 8‑10), centrando su mensaje en dos mujeres cuya bendición parece resonar de forma paralela.
La tradición cristiana ha señalado desde temprano la conexión entre ambas figuras. En el caso de Judit, se destacó a una mujer que, frente a una crisis para su pueblo, no sucumbió al temor; mediante la oración y el ayuno tomó una decisión que puso en riesgo su propia vida, pero que resultó en la liberación del pueblo.
“Escuchar hoy estas palabras ante la Patrona de este país tiene una resonancia particular”, subrayó el Pontífice, recordando que la pequeña imagen de la Virgen de Uruguay está vinculada a un momento crucial de la historia nacional: en 1825, los luchadores por la independencia invocaron a María para colocar bajo su protección el inicio de la patria.
El Santo Padre resaltó que, aunque las circunstancias y la relación de muchos uruguayos con la fe hayan variado a lo largo de los años, la presencia de María ha permanecido constante, mientras que en los hogares fueron otras mujeres quienes conservaron y transmitieron la fe a sus descendientes.
Rememoró a las madres que fueron las primeras en pronunciar oraciones a sus hijos, guiarlos al bautismo, prepararlos para recibir los sacramentos y enseñarles la caridad cristiana; y a las abuelas que mantuvieron un altar en sus casas, rezaron por los vivos y los difuntos, y pusieron a Dios en el centro de la vida cotidiana.
León XIV también aludió a los primeros tiempos de la Iglesia, recordando a Timoteo y a las mujeres que lo rodeaban – su abuela Loida y su madre Eunice–, de quienes él heredó una “fe sincera” que el apóstol Pablo también reconocía.
“Esta tierra tiene también nombres de mujer inscritos en su historia de fe”: citó a la santa María Francisca Rubatto y a las beatas mártires Dolores y Consuelo Aguiar‑Mella, señalando que, pese a sus vidas distintas, todas mostraron una fidelidad extrema.
El Pontífice explicó que gran parte de esa historia no quedó plasmada en libros, sino que se ha ido transmitiendo de forma silenciosa de generación en generación dentro de los hogares. “Muchas veces aparece el nombre de una mujer concreta: una madre, una abuela, una madrina, una religiosa, una catequista. Tal vez no recordemos cada palabra que nos dijeron, pero sí cómo rezaban, cómo hablaban del Señor y con qué convicción vivían lo que nos enseñaban”.
Rindió agradecimiento a todas esas mujeres, reconociendo que algunas contaron con una tradición familiar arraigada, mientras que otras tuvieron que sostener la fe con mayor esfuerzo, a veces sin recibir apoyo dentro de su propia casa, y que muchas llevan una pena muy concreta.
El Santo Padre también recordó el testimonio de santa Mónica, quien durante años rezó por un hijo que se alejaba cada vez más de Dios, sin dejar de confiar en la gracia divina, y exhortó a no perder lo que esas mujeres sembraron.
“Madres y abuelas: ¡no se cansen de transmitir la fe! Prediquen con su vida y con su palabra. Insistan en la oración, en el amor y en la esperanza: insistan a tiempo y a destiempo. Háganlo con paciencia, sin dureza y sin desaliento. Aunque sus seres queridos parezcan lejos de Dios, sigan poniéndolos ante Él. No dejen de bendecir, de acompañar, de recordarles con sencillez aquello que un día recibieron. Hay puertas que ustedes no pueden abrir, pero Dios sí”.
Al dirigirse a los varones, padres y abuelos, les recordó que sus hijos y nietos necesitan observar que la fe ocupa un lugar real en la vida familiar, y los invitó a imitar a san José, quien asumió la tarea de formar a Jesús, y a colocar a Dios como prioridad absoluta.
Les señaló que los jóvenes aprenden mucho al ver a sus padres arrodillarse ante Dios sin sentir que eso disminuye su hombría, y que el ejemplo de respeto, perdón y honradez es esencial, aun cuando implique sacrificios.
El obispo de Roma, por su parte, destacó que obispos, sacerdotes y personas consagradas también están llamados a sostener a las familias en esta labor, ejerciendo con generosidad una paternidad y maternidad espiritual que acompañe a los vacilantes y ayude a muchos a reencontrar el camino de Dios.
Transmitir la fe, según el Pontífice, significa conducir a otros a Cristo, a quien nosotros mismos hemos recibido. María muestra precisamente cómo hacerlo: su grandeza nace de su relación con Cristo, lo acoge, vive en Él y conduce a otros hacia Él. Ese encuentro con el Maestro es la meta de toda evangelización y de la auténtica devoción mariana.
Durante la celebración de la fiesta de la Patrona del Uruguay, León XIV pidió oraciones por quienes gobiernan la nación, para que busquen “con rectitud el bien de todos”, por las familias, los jóvenes, los que sufren, los que se sienten alejados de Dios y los que necesitan volver a Él y cambiar de vida.
Recordó que María, “se levantó y se puso en camino de prisa”, y señaló que no podemos esperar siempre a que los que se han alejado regresen por sí solos; exhortó a la nación a “ponerse en camino, entrar de nuevo en las casas, acercarse a las personas, escuchar sus preguntas y llevarles a Cristo”.
Indicó que cada uno sabe a quién debe acercarse: tal vez un hijo, un amigo, un vecino, alguien que dejó de creer hace tiempo o quien nunca ha tenido cerca a quien le hablara de Dios.
Concluyó su oración a la Reina del Cielo, pidiendo que “sostenga a quienes continúan sembrando la fe y nos enseñe a reconocer a Cristo en el pobre, en el enfermo y en quien está solo, y a llevarlo allí donde todavía no es conocido”.
Antes de depositar la Rosa de Oro ante la Virgen, el Santo Padre confió nuevamente a Uruguay a su Patrona, diciendo: “A María, Capitana y Guía de este pueblo, quiero consagrar…”.

