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Este domingo Brasil se prepara para acudir a las urnas bajo una presión que va más allá de sus límites territoriales: la influencia del expresidente de EE. UU., Donald Trump. El mandatario norteamericano ha puesto en marcha un amplio operativo para reforzar la presencia de Washington en América Latina y ha puesto su mirada en la mayor economía de la región.
La pugna electoral enfrenta al exmandatario Luiz Inácio Lula da Silva contra Flávio Bolsonaro, primogénito del también expresidente Jair Messias Bolsonaro, quien fue sentenciado a 27 años de cárcel por liderar un intento de golpe de Estado. La votación definirá si Brasil seguirá actuando como contrapeso a la expansión estadounidense o si se sumará a los países latinoamericanos que, bajo la influencia de Trump, han girado a la derecha.
Al ser interpelado este jueves sobre la contienda brasileña, el presidente Trump respondió con su estilo típico: “Las estoy siguiendo muy de cerca. Es un país muy importante. La gente de Brasil es fantástica”. No ofreció un respaldo abierto a ninguno de los candidatos.
Las encuestas, prácticamente empatadas, hacen imposible pronosticar el resultado de una de las elecciones más polarizadas de la historia reciente de Brasil. Sea cual sea el vencedor, el futuro mandatario tendrá que gobernar en un entorno cada vez más conservador.
Ese mismo domingo también se decidirán los cargos de diputados, un tercio del Senado y los gobernadores de los 27 estados. Según Carolina Moehlecke, profesora de relaciones internacionales de la Universidad Getúlio Vargas, “la tendencia es que el Congreso y el Senado terminen mayormente de derechas y que muchos gobernadores también lo sean”.
En caso de que Lula se mantenga al frente, su posición quedaría “en una situación de excepción, bajo presión”, tanto dentro como fuera del país, según la misma experta. Hace cuatro años, Lula contaba con gobiernos afines en Argentina, Bolivia, Chile, Perú, Colombia, México y Uruguay; hoy, salvo México y Uruguay, todos están bajo administraciones de derecha, algunas de ellas extremas. Los conservadores han ganado las siete elecciones más recientes de la región.
Una victoria de Flávio Bolsonaro, por otro lado, reduciría la izquierda latinoamericana a México y Uruguay. En política exterior, el candidato de la derecha inclinaría la balanza hacia Washington, a diferencia del intento de Lula de equilibrar las relaciones. En materia de seguridad, Bolsonaro ya anunció que, de resultar electo, se incorporará al “Escudo de las Américas” de Trump, pacto firmado el 22 de septiembre, cuyo objetivo principal es combatir el crimen organizado, pero que también menciona la defensa de economías mediante cooperación económica, control de inversiones y diversificación de cadenas de suministro de minerales críticos.
Brasil posee la segunda mayor reserva mundial de tierras raras, solo detrás de China. Estos 17 elementos son esenciales para la transición energética, los aerogeneradores y los vehículos eléctricos de alta potencia, lo que ha despertado el interés de EE. UU. y la Unión Europea, mientras Brasil ha mantenido una postura equidistante que las elecciones pondrán a prueba.
El vínculo con China, principal socio comercial de Brasil, constituye la mayor incógnita. Washington presiona a sus aliados para frenar la expansión china en la región, pero Brasil no encontrará esa tarea sencilla. Federico Merke, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés, señaló que “si Bolsonaro gana, habrá un alineamiento político con Washington en temas ambientales, de género y seguridad, combinado con un pragmatismo económico hacia China”. El sector agropecuario, base del bolsonarismo, “vota a Trump pero gana dinero con China”, destacó Merke como paradoja.
La agencia de inteligencia brasileña (ABIN) elevó a “nivel crítico” el riesgo de interferencia de EE. UU. en los comicios del 4 de octubre. Analistas afirman que la intromisión comenzó meses antes, mediante aranceles, sanciones contra jueces y ministros, y recientemente con la designación del Primeiro Comando da Capital (PCC) y el Comando Vermelho como organizaciones terroristas.
La académica Tatiana Vargas Maia, de la Universidad Federal do Rio Grande do Sul, advierte que esa clasificación favoreció la agenda de seguridad y benefició la campaña de Flávio frente a Lula, pues “Flávio defiende una postura de mano dura”. Añade que lo más alarmante es el intento de minar la confianza popular en el proceso electoral, lo que podría llevar a la población a cuestionar los resultados si no favorecen a Flávio.
Estas tensiones evocan el enfrentamiento diplomático con Trump, quien calificó de “caza de brujas” el proceso judicial contra Jair Bolsonaro por intentar un golpe tras la derrota de Lula en 2022. La imagen de Trump sigue apareciendo en los eventos de campaña de Flávio, como se vio el 7 de septiembre en São Paulo.
El espectro del fraude electoral ha resurgido en Perú y Colombia, según Marcela Ríos Tobar, directora regional de Idea Internacional. La politóloga chilena, exministra de Justicia de Gabriel Boric, sostiene que esas narrativas buscan deslegitimar las urnas y erosionan la confianza ciudadana, aumentando el riesgo de que sectores importantes rechacen o impugnen los resultados.
El temor a una nueva injerencia de Trump no es infundado. Desde su regreso a la Casa Blanca, EE. UU. ha intervenido directamente en Venezuela: el 3 de enero la Delta Force capturó a Nicolás Maduro y lo trasladó a EE. UU. para juzgarlo, manteniendo al país bajo la tutela estadounidense. La vicepresidenta de entonces, Delcy Rodríguez, asumió con el respaldo de Trump y aceptó condiciones, incluido un opaco acuerdo para ceder el 20 % de las reservas petroleras venezolanas durante un siglo.
En otros escenarios latinoamericanos, la ofensiva de Washington ha tomado la forma de influencia electoral, como sucedió en Argentina a finales de 2025, cuando EE. UU. otorgó un préstamo al gobierno de Javier Milei en vísperas de las elecciones de medio término, buscando consolidar aliados conservadores en la región.

