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Restaurar la dominicanidad: la soberanía también se pierde desde adentro

by Redaccion
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Por Abril Peña

Cada 16 de agosto, la República Dominicana recuerda a quienes se levantaron contra la anexión a España y recuperaron la soberanía nacional.

Se depositan ofrendas, se pronuncian discursos y se evocan los nombres de Santiago Rodríguez, Gregorio Luperón, Benito Monción, Gaspar Polanco y Pedro Antonio Pimentel. Pero la mejor manera de honrar aquella gesta no consiste en repetir palabras aprendidas de memoria, sino en preguntarnos qué significa ser soberanos en el mundo actual.

En 1863, la pérdida de la soberanía era visible: teníamos autoridades coloniales, tropas extranjeras y una bandera sustituida. En nuestros días, la dependencia puede avanzar de manera menos evidente, sin necesidad de ocupaciones militares ni anexiones formales.

Una nación puede conservar su bandera, su himno y su territorio mientras pierde paulatinamente la capacidad de producir, decidir, preservar su identidad y reconocerse a sí misma.

La República Dominicana no vive encerrada ni de espaldas al mundo (ni debería) Por el contrario, somos una sociedad extraordinariamente abierta a las influencias extranjeras.

El problema no es relacionarnos con otras culturas, comerciar con otros países o incorporar conocimientos y costumbres que nos enriquezcan. El problema surge cuando confundimos apertura con subordinación y modernidad con imitación.

Con frecuencia asumimos como superior todo lo que viene de fuera, mientras reducimos lo propio a una curiosidad folclórica reservada para las fechas patrias, las campañas turísticas o las presentaciones escolares.

Nos vestimos de dominicanos algunos días al año, pero durante el resto parecemos avergonzarnos de aquello que nos distingue. La soberanía no exige aislamiento, exige capacidad para entrar al mundo sin disolvernos dentro de él.

La soberanía también se habla, se baila y se cocina

La soberanía no se limita al territorio, las fronteras o las decisiones gubernamentales, también se manifiesta en la forma en que una sociedad protege su idioma, transmite su memoria y valora sus expresiones culturales.

En la República Dominicana hemos descuidado peligrosamente esa dimensión. Nuestro español es constantemente caricaturizado en América Latina, en parte por los rasgos propios del habla popular, pero también porque hemos normalizado una comunicación descuidada en los centros educativos, los medios, las plataformas digitales e incluso en espacios profesionales.

Una cosa es reconocer la riqueza de las variantes lingüísticas dominicanas y otra muy distinta renunciar al dominio formal del idioma. Defender nuestra manera de hablar no significa celebrar el desconocimiento del vocabulario, la lectura deficiente o la incapacidad de expresarnos correctamente cuando el contexto lo exige.

A esto se suma el uso cada vez más extendido del spanglish, especialmente entre sectores de clase media que parecen utilizarlo como símbolo de estatus. Incorporar términos extranjeros puede ser natural en una sociedad conectada, pero sustituir palabras españolas perfectamente funcionales por expresiones inglesas no siempre es modernidad: muchas veces es una forma de inseguridad cultural.

También parecemos más entusiasmados con Halloween y Thanksgiving que con muchas de nuestras propias fechas, tradiciones y celebraciones. Podemos participar en festividades extranjeras sin ningún complejo, pero resulta preocupante hacerlo mientras ignoramos el significado de la Restauración, desconocemos nuestras fiestas regionales o reducimos la dominicanidad a comer mangú y colocar una bandera en febrero. Una identidad que no se transmite termina convertida en mercancía

La gastronomía dominicana también forma parte de nuestra soberanía cultural. No basta con consumir algunos platos tradicionales: debemos investigar sus orígenes, preservar sus recetas, reconocer sus influencias y transmitirlas a las siguientes generaciones.

Lo mismo ocurre con el merengue, la bachata, los bailes tradicionales, la artesanía, la literatura, la décima, los palos, las salves y las expresiones culturales regionales.

¿Qué espacio ocupan nuestros escritores en las escuelas? ¿Cuántos jóvenes conocen las obras de Pedro Henríquez Ureña, Salomé Ureña, Manuel del Cabral, Marcio Veloz Maggiolo, Hilma Contreras o Aída Cartagena Portalatín? ¿Cuántos pueden identificar una tradición artesanal dominicana más allá de las muñecas sin rostro?

Una cultura que no se estudia, documenta, practica y transmite termina convertida en mercancía para turistas o en decoración para actos oficiales.

No se trata de congelar la identidad ni de impedir que evolucione. La cultura dominicana siempre ha sido el resultado de encuentros, conflictos y mezclas. Pero una cosa es evolucionar desde lo que somos y otra muy diferente permitir que lo nuestro desaparezca por abandono.

Producimos alimentos, pero no controlamos toda la cadena

La soberanía alimentaria dominicana también requiere una mirada más precisa. La República Dominicana sí produce una parte importante de los alimentos que consume. Contamos con agricultores, ganaderos, técnicos y empresas agropecuarias capaces de sostener una producción nacional considerable.

El problema está en el nivel de dependencia oculto dentro de esa producción. Muchos cultivos y actividades pecuarias necesitan semillas importadas, fertilizantes, plaguicidas, medicamentos veterinarios, alimentos para animales, combustibles, maquinarias, repuestos y otros agroinsumos provenientes del exterior.

Esto significa que un alimento puede ser cultivado en territorio dominicano y, aun así, depender de una cadena internacional para llegar a la mesa.

En condiciones normales, esa interdependencia forma parte del comercio global. Pero una crisis mundial prolongada, una guerra, una interrupción logística o dificultades en los países proveedores podrían reducir el acceso a esos insumos y afectar directamente nuestra capacidad productiva.

La pregunta, entonces, no es solamente cuánto producimos, sino cuánto controlamos de aquello que necesitamos para producir.

Defender la soberanía alimentaria no obliga a fabricar absolutamente todos los insumos dentro del país. Eso sería poco realista. Pero sí exige diversificar proveedores, desarrollar reservas estratégicas, fortalecer la investigación agrícola, proteger variedades locales y reducir las dependencias que puedan paralizar sectores completos.

Y este es un ejemplo hay rubros específicos como el larimar y el ámbar, que tenemos la dicha de ser los únicos en el mundo que los produce y sin embargo la explotación local se dedica solo exportar, el material bruto, el consumo local es mínimo y nuestros artesanos y expresiones artísticas son ignorados olímpicamente y ni hablar del Oro, de los mayores exportadores, sin que exista una industria local manufacturera. .

La República Dominicana necesita inversión extranjera, mercados internacionales, turismo, tecnología, financiamiento y cooperación. Pretender lo contrario sería desconocer el funcionamiento del mundo contemporáneo.

Sin embargo, existe una diferencia profunda entre cooperar y subordinarse. Cooperar significa negociar desde los intereses nacionales, establecer límites y evaluar qué obtiene el país a cambio de sus compromisos. Subordinarse es aceptar agendas, condiciones o decisiones externas como si la aprobación extranjera fuera más importante que el bienestar dominicano.

El entreguismo no siempre llega acompañado de una bandera extranjera, a veces aparece disfrazado de modernización, asesoría, financiamiento, lucha antidrogas, anti lavado, antiterrorismo ( la lista es larga) o reconocimiento internacional.

Y tampoco es responsabilidad exclusiva de un gobierno. Es una tendencia histórica que ha atravesado administraciones, partidos, élites económicas y sectores sociales. Superarla exige una política de Estado y, sobre todo, una ciudadanía menos dispuesta a considerar automáticamente superior todo lo extranjero.

La educación es nuestra primera línea de defensa

La cultura y la soberanía convergen necesariamente en la educación. Un pueblo que desconoce su historia difícilmente puede reconocer cuándo comienzan a repetirse sus errores. Un ciudadano que no conoce su patrimonio tampoco sentirá la necesidad de protegerlo.

La escuela dominicana debe enseñar qué ocurrió en 1861 y por qué fue necesaria la Restauración, pero también debe formar lectores, ciudadanos críticos y personas capaces de valorar su lengua y su cultura.

La enseñanza de la historia no puede limitarse a memorizar fechas, batallas y nombres de próceres. Debe explicar los conflictos económicos, políticos y culturales que llevaron a perder la soberanía apenas 17 años después de proclamada la Independencia.

También debe incorporar nuestra literatura, música, gastronomía, tradiciones regionales y patrimonio material e inmaterial. No como elementos decorativos, sino como partes esenciales de la formación ciudadana.

Sin educación histórica y cultural, cualquier discurso patriótico termina siendo una consigna vacía.

Los restauradores recuperaron el territorio y reconstruyeron el Estado. A nosotros nos corresponde impedir que la dominicanidad se diluya por subordinación, dependencia o simple descuido.

Honrar la Restauración significa fortalecer nuestra capacidad productiva, defender el derecho a decidir y relacionarnos con el mundo sin complejos de inferioridad.

Pero también significa hablar y enseñar correctamente nuestro idioma; conservar la gastronomía; promover la música y los bailes; leer a nuestros autores; respaldar la artesanía; investigar las tradiciones y transmitirlas a quienes vienen detrás. No para encerrarnos en el pasado, sino para avanzar sabiendo quiénes somos.

El 16 de agosto de 1863, un grupo de dominicanos levantó la bandera en Capotillo para anunciar que la República debía volver a existir. Hoy la amenaza no consiste en que alguien sustituya formalmente esa bandera, sino en que nosotros mismos la vaciemos de contenido.

Porque la soberanía no solamente se proclama, se firma o se defiende en la frontera, también se habla, se cultiva, se cocina, se escribe, se baila y se enseña.

Y aquello que una nación deja de cuidar termina, tarde o temprano, perdiéndolo.

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